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Foto: Especial

IEl blues de la bolsa para el mareo.

En 20,000 días en la Tierra, el documental sobre su carrera, Nick Cave esboza en parte en qué consiste su proceso creativo. Es un godínez de la palabra. Apenas despierta se instala en su oficina mental a teclear. El resto de su tiempo lo dedica a mirar televisión. No presume de ser un gran lector, o de beber y drogarse (antes lo hacía). Su principal labor por estos días, consiste en escribir.

Escribir para Cave significa narrar y componer canciones. No entabla una diferencia entre un género y otro. Incluso escribe las canciones en una máquina de escribir (una técnica que perfeccionaría Bob Dylan) o en el teclado de una computadora. Ajeno al romanticismo que significa escribir canciones a mano y cercano a la profesionalización, en La canción de la bolsa para el mareo (Sexto Piso, 2015), Cave revela una metodología extra de composición. Como si se tratara de un vicio secreto, Cave garabatea en las bolsas para vómito de los aviones. Textos que fueron reunidos en La canción de la bolsa para el mareo. Un antidiario de viaje en el que Cave registra lo que le pasa por la cabeza en esos vacíos de tiempo que ocurren cuando se encuentra de gira.

Además de un mapa sentimental del líder de The Bad Seeds, un dietario de atrocidades y un libro de confesiones nihilistas, en La canción de la bolsa para el mareo el lector presenciará de primera mano el proceso creativo de Cave. Quien haya visto 20,000 días en la Tierra sabrá cómo las rolas de The Bad Seeds se van construyendo en el estudio.

 

La muerte de Bunny Monroe es un puñetazo de carne que se aloja en el estómago y que es bastante complicado de digerir.

 

Cómo la improvisación juega un papel determinante en la asociación delictuosa entre Warren Ellis y Nick Cave. Pues parte de ese proceso comienza en una bolsa para el vómito.

El hábito de escribir en servilletas era un oficio de poetas, Cave lo salpica de posmodernismo y atesora joyas en las bolsas para el vómito y lo primero que evocan estas páginas es El libro del anhelo de Leonard Cohen, el padre sentimental de Nick. Como si el mundo fuera un monasterio zen, Cave indaga en sí y construye un libro inclasificable pero portentoso. No son poemas, no son canciones, no son aforismos. Es pura filosofía Cave. Un concentrado. El asiento que se forma en el fondo del extractor de jugos. Un bagazo que uno se traga con azoro.

II. La muerte de un vendedor de puerta en puerta.

Tomando como modelo Muerte de un viajante de Arthur Miller, Cave ideó su segunda novela, La muerte de Bunny Munroe (Malpaso, 2018). El argumento es sencillo. Bunny vende cosméticos de puerta en puerta. A base de infidelidades orilla a su esposa al suicidio. A Bunny no le queda más remedio que criar a su hijo solo, un chico que nació con una malformación congénita. Le falta uno de los párpados. Por lo que tiene que usar lentes de sol todo el tiempo. Mientras Bunny se va por los pueblos a cogerse a sus clientas potenciales, su hijo se queda en el asiento del copiloto a hablar con el fantasma de su madre muerta. Así arranca la que es sin duda una de las novelas más ponzoñosas que se han escrito en lo que va del siglo xxi.

En su primera novela, Y el asno vio al ángel, por si quedaban dudas, Cave demostró que era un moralista a la altura de Johnny Cash, con un conocimiento de La Biblia y de textos antiguos escalofriantes. Que éste no era el tipo que vivía como paria en Alemania. De dónde saca este conocimiento que a cualquiera de nosotros nos llevaría varias vidas atesorar. Y el asno vio al ángel es una novela que como toda obra primeriza tiene sus tropiezos. Pero a Cave le bastó emprender un segundo proyecto para dar con la perfección. Sin lo farragoso, sin lo enredado, sin la intención de replicar el efecto de Walk on the Wild Side de Nelson Algreen, La muerte de Bunny Monroe es un puñetazo de carne que se aloja en el estómago y que es bastante complicado de digerir.

Mientras Bunny se precipita en su infierno personal, un sujeto disfrazado de diablo aterroriza la provincia. Y antes de que el encuentro entre ambos se produzca, Bunny sube al escenario. Sí, un escenario donde oficia de comediante de su propia miseria. Por eso las comparaciones con el show de  Benny Hill. En uno de los finales más logrados de la narrativa de ésta o cualquier era. Un final que tiene algo de David Lynch, pero que se sobrepone a la referencia y se convierte en un gesto absolutamente original. De todas las formas de concluir una novela, Cave, como si tuviera veinte novelas en el camino, eligió el más disparatado pero funcional de los desenlaces. Exhibir los despojos desde un escenario que podría ser de stand up o de un video clip o una obra de teatro. O un monólogo desde el infierno.

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