Las cenizas cubrían todo el frente de la casa, como nieve, “nieve sucia”, así se lo dije a mis hijos. El mayor me observó con el rostro del que sabe que no le digo toda la verdad, quizá pensando que para que hubiera nieve, tendría que haber frío y no, el anormal calor que estábamos sintiendo. No dijo nada, tal vez para no romper el instante de encanto de sus hermanitos. Mientras ellos veían la ventana, yo buscaba apresuradamente en las redes sociales buscando el avance de los incendios provocados, en un inicio por los disturbios pero que, se habían propagado gracias a la temporada de secas, a la falta de planeación urbana en la que se mezclaban hogares, comercios, fábricas y a las decenas de terrenos baldíos sin atención repartidos por toda la ciudad. En el horizonte se veía el tono difuso anaranjado, eso significaba que en pocas horas llegaría a las afueras y que no podía perder tiempo en unirme a la caravana que caminaba entre el manto gris ceniza. Mi problema radicaba en que, con tres niños pequeños, mi travesía sería un poco menos que imposible y eso me mantenía encerrado con la esperanza de que el viento soplara en dirección contraria a donde nos encontrábamos. Prendí la televisión, lo que se veía seguramente era transmitida desde las fantasías delirantes de un loco, la diferencia con lo que se publicaba en redes era abismal, en Tv, las fuerzas de la República tenían encuentros aislados con grupos vándalos que se controlaban a la brevedad sin ningún daño, en redes, había una guerra civil entre las fuerzas liberales y el gobierno que los reprimía. Ambos bandos decían la verdad y ambos, mentían. Nunca había sido sencillo pintar el mundo de blanco y negro, ahora, era mucho más complicado con una sociedad que iba desde el extremismo confrontado, hasta la apatía aprendida.

El ruido sordo de una explosión lejana me sacó de la parálisis. Acaricio los rizos de mi pequeño hijo mientras intento ponerle un pañuelo mojado sobre la boca y nariz, se retuerce, se lo quita, se ríe creyendo que es un juego. Trato que las lágrimas no broten, me estoy desesperando, pego un grito que pone en tensión a los dos mayores que ya saben de qué van mis gritos pero, el pequeño me grita de vuelta y me pega mientras grita “¡ya basta!”. Aún cree que estoy jugando y no, estoy a punto de colapsar por la angustia.

Ilustración: Norberto Carrasco

Los dejo solos un rato sin perderlos de vista por el rabillo del ojo mientras busco algo que me permita llevarlos y protegerlos de la ceniza, no encuentro nada útil. Improviso una tienda de campaña con una sábana y unos palos de escoba atados con cinta canela que pongo sobre una puerta que desencajo de sus bisagras, le mal clavo las ruedas de una carriola,  les pego cinta aislante para que no se muevan y echo un cobertor de carritos y camiones por encima de los palos y la humedezco.

Les digo que iremos en el trineo sobre la nieve, solo así logró que se suban los dos más pequeños, el mayor está cabizbajo, debe escuchar la tensión en mi voz pero aún así, se sube, la “casa de campaña” sobre un “trineo” es atrayente hasta para él. Abro la puerta y el remolino de ceniza que entra me ciega, se adhiere a mi garganta. Antes de los incendios el calor era insoportable, ahora es estar metido en un horno con brasas ardientes que vuelan por todas partes.

Muy dentro de nosotros creímos que el levantamiento social se daría en cualquier lado, nunca en nuestra cercanía, el hartazgo, la falta de empatía y una completa falta de civismo llevó a la consecuencia lógica del estallido, uno que no tiene un destino, que cada quien se aprovecha de lo que puede para medrar en la desgracia. No obstante, para algunos, en estos momentos no pensamos en el futuro, en la mejora o en ideologías obtusas, en estos momentos, la interminable fila de grises personas pensamos solo en el siguiente paso, en aire limpio… En la supervivencia.

De vez en vez me asomo bajo la sábana, en un inicio fueron pelando y aunque me alteraban aún más, no los callaba, eso los mantenía ocupados excepto cuando casi tiran abajo el frágil tinglado, ahí grité antes de que la ceniza acallara mi voz. Ahora van dormidos. No puedo dejar de pensar en que país les estoy dejando, es probable que esto solo se agrave, que las personas “VIP” huyan a playas paradisiacas y nos dejen a nosotros inmersos en el caos, que los que quedemos nos desgarremos a dentelladas por el hueso desabrido que estos “grandes hombres” dejaron olvidado.

-¿Papi? ¿E nieve?-

-Sí, mi amor.-

-¿po qué no está fía?-

-Es nieve sucia, por eso no está fría.-

-¿po qué?-

-En un rato que lleguemos, te lo explico. ¿Ok?-

-Ajá.-

Mientras camino arrastrando la puerta pienso en cómo explicarle sin decirle que todo lo que conocía está destruido, que el futuro es incierto y que lo que tanto empeño he puesto en enseñarles, decir la verdad, ayudar a los otros, compartir, escuchar al otro, tolerancia y empatía; todo eso que creía que debía enseñarse y que parecía no haberse hecho dentro de nuestra sociedad.

-¡Tas tadando mucho!-

-Ya casi llegamos.-

Después de lo que pareció una eternidad, el cielo empieza a clarear, el viento seco y caluroso es el normal, no la nube de humo y ceniza que nos ha acompañado en el sinuoso trayecto de un exilio impuesto.

Me dejo caer al suelo, no hay señal de celular en estos lares así que no tengo forma de saber que sucede, tampoco es que importe mucho, ya no, ya todo lo material deben ser cenizas pero lo importante está sobre una desvencijada puerta con ruedas desechas y cubierta por una manta que en algún momento tuvo color pero que ahora es gris, al igual que yo, al igual que todos por fuera y quizá, después de esto, también por dentro.

-¿Ya puedo juga con a nieve?-

-No bebé, está sucia.-

-¿Se ava?-

-No se puede lavar.-

-¿Po qué?-

-Porque es reflejo de nuestra falta de compromiso, empatía y solidaridad.-

-¿Qué e ejo? ¿Po qué tas gis?-

-Nada amor. Es consecuencia de algo en lo que nos equivocamos los adultos.-

-Yo a vo a avar paa que jueguen mi hemanos. También a ti te vo a avar papi.-

Solo puedo abrazarlo, su hermano mayor y menor aún duermen. No entiende aún que sucede, es más, yo aún no lo entiendo, solo sé que les fallamos a ellos, que le fallamos a nuestro país, que en nuestro egoísmo, nos cegamos.

-¿Tas lloando? ¡Mia! ¡A aguímas avan caa!-

El futuro podría ser sombrío, el país quizá sufriera una revolución impulsada por intereses mezquinos de grupos de poder que verían las llamas desde sus lejanos penthouse en el extranjero, quizá no tuviéramos salida de ningún tipo, quizá me equivocara pero, de lo que estaba seguro, es que mientras tuviera a mis hijos, por mucho que quisieran la oscuridad… Yo tendría luz, una que puede transformar la ceniza en nieve sucia y sí, niños que logran que mis lágrimas hagan surcos limpiando mi rostro y entre lágrimas de alivio por mis hijos, hasta la “nieve sucia”… Es de un brillante blanco.

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