No quiero ser robot

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Todas las criaturas mecánicas y artificiales que me impresionaron en la tele y el cine antes de cumplir los 25 años
—Astroboy, el Hombre de Acero, el robot de Perdidos en el espacio, R2-D2 (1977), el oficial científico de Alien (1979), los replicantes de Blade Runner (1982), Terminator (1984) y Robocop (1987), entre otros— me fascinaron cuando todavía ni el fax ni las computadoras se habían convertido en artículos de consumo masivo, pues yo no jubilé mi máquina de escribir hasta 1993. Mi primer fax lo compré en 1990, mi primera laptop la adquirí en 1991, mi primera impresora en 1992 y mi primer módem en 1994. Toda mi capacidad de asombro se marchitó durante aquellos años y desde entonces se convirtió en una vulgar expectativa de progreso.

En realidad, convertirnos en usuarios exigentes de informática, redes digitales y mensajería instantánea nos ha robotizado a los seres humanos, hasta el punto de soñar con una eterna juventud gracias a la vida artificial. Antaño los androides querían ser seres humanos y hogaño los seres humanos matarían por ser androides. Pinocho era un muñeco que deseaba ser un niño, mas hoy una mayoría de niños y quizá muchos más adultos, desearían ser muñecos para siempre.

Por eso abundan sofisticadas ficciones distópicas que fantasean que el futuro será de las máquinas porque los hombres se convertirán en cyborgs, androides o en torrentes de energía que fluirán de un cuerpo a otro como en el universo de Matrix. No espero otra cosa de un europeo, un japonés o un gringo, pues hasta las vidas artificiales que crean para sus novelas y películas son perfectas, infalibles y desarrolladas. De hecho, hasta cuando les salen mal es porque las construyen demasiado bien, porque de otro modo no se entiende que recién salidas del taller sus criaturas se propongan dominar la Tierra, conquistar otros planetas o directamente destruir la galaxia. Por el contrario, cuando el escritor o director de cine es hondureño, paraguayo o argentino, el peligro de sus robots consiste en que se pudran, se malogren o que exploten cuando sus cables mal empalmados entren en contacto. Los robots no tienen identidad, pero tienen made in, que es peor. Pienso en las literarias criaturas mecánicas de mi paisano Carlos Yushimito, del boliviano Edmundo Paz Soldán o de los mexicanos Alberto Chimal y Ricardo Guzmán Wolffer, todos a años luz de Ultrón o de los secuaces de Megatrón.

Un alemán, un inglés o un suizo estarían encantados de viajar en un avión tripulado por androides fabricados en sus países, pero les aseguro que los peruanos desconfiaríamos hasta de los ascensores si fueran hechos en Abancay o Tarapoto. Con todo, reconozco que simpatizo con los robots de Alberto Chimal y Carlos Yushimito, porque en lugar de sobrepasar las cualidades humanas representan el límite las capacidades humanas. Es decir, que son “discontinuados” como mi
Windows xp, mi vieja Blackberry,
mi Word 2003 y mi Eudora 5.1, el programa de correo que utilizo desde 1995. Como cualquier usuario digital deseo velocidad, multifunción y wifi permanente; pero esa agónica expectativa ya no es “humana” sino “robótica”, y por eso —en cierta forma— debo tener algo de robot, como todo el mundo. El problema es que ese “algo” no es ni la mano de Luke Skywalker ni el ojo de Steve Austin —el hombre biónico de los 70—, sino la íntima certeza de ser anticuado, obsoleto y discontinuado, como los robots de Chimal y Yushimito.

¿Para qué me servirían la vida eterna, la energía infinita y la memoria ilimitada si no tengo upgrade posible? He llegado al límite de mi capacidad digital, pues me he estrellado contra el Windows 10, los productos Apple y otras aplicaciones que ni siquiera soy capaz de describir. Di el salto tecnológico hace veinte años y ahora el progreso me expulsa del sistema por inútil. Me niego a ser robot, aunque me queda el consuelo de saber que el robot desciende del hombre.

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