No todo fue el 2 de octubre

QUEBRADERO

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No hay manera de ver y entender el movimiento estudiantil del 68 sin el brutal y represor desenlace de la noche del 2 de octubre en Tlatelolco.

Fue el momento que condensó violentamente un extraordinario movimiento, el cual, visto a la distancia, fue el producto de años de luchas políticas y sociales en el país.

1968 fue el año de los jóvenes en México y el mundo. Todo indica que el movimiento estudiantil en México, sin pasar por alto lo que pasaba en el exterior, tuvo una dinámica propia.

Todo se construyó con base en el sentido común. Las demandas querían, fundamentalmente, establecer nuevas y diferentes relaciones con el exterior; iban más allá de sus propias instituciones.

Pensar que en el fondo lo que se quería era la instalación de un régimen comunista o socialista, era una invención y pretexto descarado para desvirtuar al movimiento estudiantil. Era parte de la estrategia oficial, que al final no dio el más mínimo resultado.

Durante algún tiempo algunos se lo creyeron; fue el miedo y por posiciones conservadoras que por el sustento de lo que inventaba. Las informaciones en los medios era otro componente; se definían en función de la complicidad histórica de los dueños de los medios con el poder político. Fueron pocas las excepciones.

Algo en lo que poco se ha reparado ha sido la extraordinaria relación que se estableció entre el movimiento estudiantil y la sociedad mexicana; fue uno de los grandes momentos del 68. La gente estaba en la calle con los estudiantes a quienes no veía de lejos, al contrario se les miraba cerca con una actitud que, si bien al principio pudo ser inesperada, al final se le vio solidaria.

No sólo eran los padres, familiares y amigos de los estudiantes, eran los vecinos y la gente que los veía botear y volantear. Fue uno de los momentos más alentadores, emocionantes e ingeniosos del 68.

Estos días hemos conversado con participantes del movimiento estudiantil. Ha sido una grata experiencia. Algo es definitivo: el 2 de octubre marcó la vida de ellas y ellos; pero no todo empezó y terminó en esa tarde-noche. Fue cuando el gobierno de Díaz Ordaz se cerró, se le acabaron las ideas y la sensibilidad, y optó por reprimir al futuro del país.

Nos cuentan que una de las estrategias que mejor les funcionó fue lo que llamaban minimítines. En una ocasión, un grupo de cinco o seis estudiantes compró boletos para entrar al Teatro Blanquita.

La idea era que a la mitad del espectáculo, lo interrumpieran, lanzaran consignas, ofrecieran información y volantearan. La estrategia era audaz, pero no había camino de regreso. El riesgo era alto, porque la policía ya estaba abiertamente detrás de los estudiantes o de quien lo pareciera.

La noche la encabeza ni más ni menos que Pérez Prado, ante un lleno total. Los estudiantes se armaron de valor y entre canción y canción, se levantaron, estaban muy bien distribuidos en el teatro, e hicieron lo que habían planeado.

Lo que pasó fue para ellos una sorpresa. Nadie les reclamó y el mismísimo Rey del Mambo les ofreció que subieran al escenario para que informaran a la gente. Fue un momento inolvidable, solidario, que les confirmó que el movimiento estudiantil se había metido en buena parte de la sociedad mexicana.

El 2 de octubre del 68 se convirtió en la cara de un movimiento estudiantil que le cambió la vida al país. Hoy, la sociedad mexicana es producto de esos meses que le dieron al entonces DF, y al país, un despertar.

El 2 de octubre no se olvida; pero tampoco esos meses del 68 en que los jóvenes nos abrieron los ojos y nos dieron alegría y esperanza.

RESQUICIOS.

En Medellín se tomó la decisión de cerrar la “casa-museo” de Pablo Escobar. Era parte del muy visitado “narco-tour”. El expresidente Santos nos dijo hace poco que había tratado de cerrarlo, pero no había podido. “Se promovía, nos dijo, la vida de un bandido que le ha hecho un terrible daño a Colombia”. Nos acordamos del narcotúnel.

Javier Solórzano Zinser
Javier Solórzano Zinser

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