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Foto: Especial

Joe (Joaquin Phoenix) es un veterano de la guerra y ex agente del FBI con estrés postraumático que ha encontrado un medio para sobrevivir como civil rescatando menores de edad secuestradas y víctimas del tráfico sexual, en la espléndida You Were Never Really Here (Nunca estarás a salvo), de la talentosa y siempre inquietante directora escocesa Lynne Ramsay. Este es un thriller noir altamente estilizado que escapa a las convenciones al insertar la narrativa en la perspectiva cuasi solipsista de Joe, de su marasmo de voces internas y recuerdos hirientes, de la prisión emocional inescapable desde la que se dedica a liberar a otros. La trama evoca el gótico grotesco y trágico de cintas como Bad Lieutenant (Ferrara, 1992) y Seven (Fincher, 1995), aunque la referencia obvia es Taxi Driver (Scorsese, 1976). Este ejercicio de brutalidad en un mundo atroz fue filmado en tomas sesgadas, con enfoques sinuosos, obstaculizados, close ups extremos y a través de dispositivos que ofrecen atisbos y visiones parciales, como cámaras de vigilancia y retrovisores. La cámara llega demasiado tarde a las acciones sangrientas o no se entromete, limitando la visualización de la carnicería, negando el espectáculo de la violencia y obligando al espectador a imaginar el horror.

Este es el cuarto largometraje de Ramsey, cuya carrera comenzó con el fabuloso y crudo realismo de Ratcatcher (1999), siguió con la inquietante historia de una joven que tras el suicidio de su novio decide hacer pasar por suya la novela que él escribió antes de morir, en Morvern Callar (El viaje de Morvern, 2002) y después realizó la cinta emblemática de los pavores familiares contemporáneos: We Need to Talk about Kevin (Tenemos que hablar de Kevin, 2011). Nunca estarás a salvo es la primera cinta de Ramsey que podría encajar en un género y es la adaptación de la novela del mismo nombre de Jonathan Ames. La cinta comienza mostrándonos a Joe tras haber asesinado a un pedófilo en un cuarto de hotel. Sin embargo, más que el crimen en sí, lo que define al protagonista es la limpieza sistemática de las evidencias, desde quemar la foto de la víctima, tirar la biblia a la basura (para apagar el fuego pero también en un gesto nihilista), romper el celular, recoger joyas y pertenencias hasta limpiar la sangre de su arma favorita: un martillo.

Joe es una montaña humana, un hombre cubierto de cicatrices externas e internas que vive en Brooklyn y no tiene más vida social que atender a su madre anciana, quien va perdiendo la mente entre recuerdos retorcidos, delirios y breves momentos de lucidez. Al respecto de la vida de madre e hijo Ramsay introduce un par de referencias irónicas a Psicosis (Hitchcock, 1960) como un guiño al cinéfilo que llevamos dentro. Con un mínimo de diálogos vemos a Joe debatirse continuamente entre deseos suicidas y un estupor angustioso. El trabajo de Phoenix ha sido inmensamente elogiado y con razón, ya que cada uno de sus gestos refleja una pesadez amarga, un profundo dolor y confusión que lo lleva pasar el tiempo imaginando de qué manera morir y haciendo cuentas regresivas, como si al llegar a cero su dolor pudiera disiparse. Constantemente se ve a sí mismo como un niño encerrado en un closet tratando de asfixiarse con una bolsa de plástico, mientras escucha los gritos de su madre que es víctima del abuso de su padre, quien también usaba un martillo como arma. Asimismo, tiene flashbacks de la guerra, pero no del combate ni la tensión de las trincheras o las atrocidades de los bombardeos sino de un incidente en el que un soldado, quizás él, le da un chocolate a una niña tan sólo para ver cómo otro niño la asesina para quitárselo. También lo acosa la imagen de un camión de carga repleto de niños muertos, asfixiados inmigrantes ilegales o víctimas del tráfico sexual.

“La cámara no se entromete, limitando la visualización de la carnicería, negando el espectáculo de la violencia y obligando al espectador a imaginar el horror.

El siguiente trabajo de Joe consiste en rescatar a Nina (una formidable Ekaterina Samsonov), la hija de un senador neoyorquino que está en la campaña de reelección del gobernador, por lo que no quiere escándalos. El senador sólo le da una dirección y la orden de lastimar a quienes tienen a su hija. Esto lo lleva a involucrarse con criminales poderosos, políticos perversos, policías corruptos y la joven de trece años que se volverá un motivo para seguir viviendo, no por un deseo erótico o sentimental, sino porque la única manera de justificar su vida es cuidar de alguien. La secuencia central del filme, en que Joe va al Playground, la especie de burdel de superlujo con menores de edad para millonarios, va a contracorriente de la moda de los largos planos secuencia hiperviolentos que explotan compulsivamente los filmes de acción y de superhéroes. Ramsay inunda los momentos de violencia extrema en psicóticos collages de sonido, en donde se mezclan la televisión, canciones nostálgicas, ruido ambiental y voces caóticas que forman un furioso mosaico de locura, crueldad y tensión. La pista sonora de Jonny Greenwood, de Radiohead, es una formidable colección de paisajes sonoros espectrales que van de desvencijados acordes de guitarra a composiciones orquestales disonantes, ruido y resonancias ambientales a la Brian Eno, con los que juega en una inquietante tridimensionalidad.

Nueva York aparece como una ciudad desdibujada, borrosa, apenas tangible en la mente de un Joe que es incapaz de bloquear el bullicio urbano. En una secuencia perturbadora, una chica asiática le pide que le tome una foto a ella y sus amigas. Para Joe esos rostros de felicidad en la pantalla del celular son un recordatorio del dolor, el abuso y la perversión que rodean su vida, son el eco de la cacofonía que lo agobia y que tan sólo puede silenciar a martillazos. Sin embargo, Joe no es un ángel exterminador sino un matón a sueldo, un mercenario justiciero que desea quitarse la vida y a quien nada peor puede pasarle que encontrar un nuevo motivo para seguir viviendo. Y para extender su condena, una vez que se ha liberado de cuidar a su madre, Nina le dice: “Vámonos, es un día hermoso”.

Nunca estarás a salvo es una obra maestra y si bien hoy la juzgamos en función de sus influencias no hay duda de que estamos ante un clásico y una referencia obligatoria.

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