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El violinista Ara Malikian en el concierto del Auditorio Nacional, la noche de ayer (Foto: Carlos Olivares Baró)

Anoche el violín de Ara Malikian, que era el violín de su abuelo armenio, que después perteneció a su padre y que al final cayó en sus manos fue el protagonista en el Auditorio Nacional de una velada de gitanada gozosa, empalmada con música de Jimi Hendrix, Mozart, Vivaldi, Bach, danzas armenias y folia de jazz.

Guitarras, bajo eléctrico, contrabajo, violonchelo, batería, percusiones y violines rebosaron a 10 mil almas de corridas melódicas-rítmicas marcadas por el humor y la magia. Empezó la gala con un jazz rock de Hendrix empalmado con un adagio mozartiano con remate de síncopas ibéricas-armenias.

“Es una alegría mayor estar aquí en este espacio histórico por donde han pasado tantas figuras de la música. Soy un humilde instrumentista nacido en Armenia que con un violín que no es un Stradivarius, pero que suena con delirio y yo lo ejecuto con pasión, mucho más hoy, que estoy en México”, expresa el violinista que la crítica especializada ha comparado con Paganini.

Y suena un tema de Radiohead que se fusiona con una danza que Malikian dedica a su abuelo. Y la prosodia de Bach se tiñe de aires mediterráneos. Y Paganini entra al ruedo con La Campanella y el humor del violinista radicado en España estalla en el Coloso de Reforma.

“Desde que llegué he estado buscando a un campanero, porque este tema de mi admirado Paganini se las trae. Al fin, después de un casting de 24 horas me decidí por mi percusionista. A ver qué le parece”. Paganini se adueña de las frondas y Malikian enseñorea las notas a galope rítmico. Salta, se arrodilla. Dialoga con los violinistas cómplices que lo acompañan. El espectáculo se explaya entre el virtuosismo y el deleite.

Gráfico: La Razón de México

Tabaleos que el violonchelo sigue. Guitarras en concordia hard y contrabajo de pulsaciones jazzísticas. Decrece la algarabía y una sublime fonología se expande en la anochecida. Guitarra y violín se enfrascan en un motivo de raigambre neoclásica en que Haydn y Mozart sonríen en la espesura.

Velada donde un instrumentista comparte la cronología de su vida, pero también devela los secretos de sus gestos, de su andar por el mundo a cuesta con un violín que ha sido aclamado en Tokio, Alemania, Londres, España, México…

“En Alemania, por decir sí a todo lo que me preguntaban, me pase cuatro años amenizando bodas judías. Me perdonan, pero voy a tocarle una de esas piezas que compuse en esos años de ‘amenizador’ de enlaces matrimoniales judíos”.

La gente ríe. La gente aplaude. Malikian sabe muy bien su oficio: el del encantamiento. 

Y se escucha a la banda enfrascada en una resonancia Klezmer, que el violinista valsea en un derrame de notas refulgentes que muerden los resquicios de la noche.  “Soy admirador de Radiohead y me gusta poner sus piezas a conversar con Vivaldi”. Todo de expande. El armenio se adueñó del crepúsculo. Ara Malikian es un maestro en eso de provocar emociones.

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró es columnista fundador de La Razón. Ha publicado la novela La Orfandad del Esplendor y el libro de textos periodísticos Un Sintagma por Aquí, un Estribillo por Allá. Profesor universitario y conferencista de música y literatura en varias instituciones culturales de México. Sus textos han aparecido en publicaciones de España, Cuba, Puerto Rico y México. Publica en este diario semanalmente las columnas de reseñas y comentarios de discos y libros, El Convite y Las Claves.
Carlos Olivares Baró

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