Only lovers left alive

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La muerte me pasó por un lado. Hace unas semanas, en el edificio en el que duermo, en la avenida Allende, ya saben: basura del downtown, se suicidó una morra. Una noche, mientras me acomodaba unas cervezas entre muela y muela, mencionaron el nombre de la persona que se quitó la vida. Se me helaron los calzones. Era una antigua amante. Interrumpimos nuestro amasiato porque iba a casarse. Cuando se aburra del marido recapacitará, me prometí, como otras. Pero me quedé esperando. El primer sentimiento que me invadió fue el shock. Sabía que estaba loca pero no como para arrancarse la vida. Se apoderó de mí la incredulidad que corresponde a tales momentos. Enseguida me atacó la desazón. Me sentí triste y mallugado. Y aquella noche me entablé. Bebí hasta las siete de la mañana sin conseguir empedarme.

Desde hacía meses pernoctaba en ese edificio. Deambulaba madrugada tras madrugada para comprar cerveza o internarme en El río de la plata. Me resultaba impredecible que nunca nos hubiéramos topado. No, no me inundó la falsa modestia de que un encuentro probablemente habría modificado los acontecimientos. Cuando alguien con güevos decide suicidarse se deshace de todo estorbo sin miramientos. Me incomodaba no haberla visto por última vez. Me sentía como el borracho que de tan pedo no puede meter la llave en la cerradura de la puerta de su casa. Antes de dormirme traté de rastrearla por las redes sociales pero no apareció. Chica lista, estimé, prefiere ahorrarse la hipocresía que seguro deviene en estos casos. El muro de Facebook tapizado de mensajes de esperanza, tardíos, por supuesto.

Desde que recibí la noticia, tras el shock, la impresión y la pena, una cuestión desovó en mi mente. Y ya no conseguí dejar de pensarla. Era la primera persona con la que había cogido que dejaba de existir. Ignoro cómo arribé a tal razonamiento. Considero que es un asunto más allá del morbo. Cogí con ella y ahora está muerte, me repetía. Digo, desconozco por qué me perturbaba tanto. Como todos, tengo mis muertos punks. Familiares, amistades, mascotas. Pero nunca había fallecido gente a la que me hubiera cogido. Las analogías entre el acto sexual y la muerte siempre me han parecido una pendejada. En el orgasmo podrás desconectarte del mundo, pero también ocurre cuando te administras DMT. Sentí que con la muerte de esta morra perdía una parte de mí. Es un sentimiento estúpido, lo sé. Pero creo que lo único que le va a pertenecer a uno para siempre son los amantes.

A la mañana siguiente ocurrió algo igual de perturbador. Una amiga en común me confirmó que mi ex amante no se había suicidado. Que había sido una chica cercana a ella y del mismo nombre. El desmentido me proporcionó alivio y a la vez me desconcertó. Si no era ella, ¿por qué se había activado mi intuición? ¿Se debía sólo al hecho de que mientras yo me alcoholizaba en aquel edificio la muerte campeaba por él? Semanas después mi ex amante reapareció en Twitter. Hablamos por DM. Continuaba casada. Le conté la historia de cómo la había creído muerta. Entonces me reveló algo que me malviajó. Resulta que sí conocía a la persona que se había suicidado. En una cantina, tras la presentación de uno de mis libros, nos habíamos besado los tres al mismo tiempo, mi ex-amante, la chica ahora muerta y yo, en la barra, dando un turbo espectáculo. Que culminó en un trío. En el que no participé.

Entonces me cayó el veinte. Por eso mis sentidos se agudizaron aquella noche. Porque sentí el pinche beso frío de la muerte. Yo conocía a la chica. En cuanto me dijeron lo que había ocurrido se me erizó la piel. Era la puta muerte que no desaprovechó la oportunidad para pasar a darme un besito. Andaba muy mal esa morra, me informó mi ex amante. No me corresponde juzgar a los muertos. Es un hecho insoportablemente triste que una persona joven se despoje de su existencia. No puedo ni atisbar el grado de desolación que se debe atravesar para tomar ese tipo de resolución. Y tampoco deseo averiguarlo.

Desde entonces, cada noche antes de dormir me pregunto qué voy a sentir cuando me entere de que una de las personas con las que he tenido sexo ha muerto. He intentado dejar de pensar en ello, pero no lo consigo. Que un cuerpo del que se ha extraído gozo se pudra me resulta insoportable.
Sospecho que sentiré que quien se marchita soy yo. No estoy convencido que con la vejez me deje de importar. Aunque no sea un cuerpo joven el que se vaya, me voy a aferrar a la memoria de ese cuerpo, del placer. Siempre creí que vivía por haber nacido. Pero no. Ahora lo sé. Vivo en mis amantes.

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