A uno le urge llegar y al otro, irse

AMLO-Peña Nieto
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El Presidente Peña Nieto se la ha pasado buena parte de su sexenio totalmente solo. Pocos en su equipo han salido en su defensa o a dar la cara por él.

Queda la impresión de que su círculo más cercano no lo tuvo bien informado de lo que pasaba en su entorno inmediato y en cómo su imagen se deterioraba.

Peña Nieto fue perdiendo porque no tuvo capacidad de respuesta ante hechos dolorosos y traumáticos, los cuales marcaron al sexenio y al país. No sólo fue esto; también tiene que ver la imagen de corrupción de su administración.

La incapacidad para responder llevó a que se le hiciera responsable de todo, sin que en algunos casos se supiera si lo era. La desaparición de los 43 normalistas en Iguala, como ejemplo evidente, sigue siendo un lamentable enigma en el cual está, a querer o no, involucrado.

La incapacidad para responder de manera inmediata provocó confusión, lo que generó una oleada de indignación, en el país y fuera de él.

Al no haber una respuesta convincente, el Presidente fue colocado en el banquillo sin que hubiera elementos para señalar su responsabilidad directa. Peña Nieto terminó en el peor de los lugares, por omisión o incapacidad, según se quiera ver.

Los temas de corrupción, señaladamente la Casa Blanca, definieron otra parte del sexenio. De nuevo, la incapacidad para responder y explicar fue definitiva. La esposa del Presidente abordó el tema a través de las redes de manera confusa y hasta desaseada. Al final, poco importó que la casa se la hubiera otorgado Televisa por su trabajo; empresa que, por cierto, en cuanto pudo se guardó, terminando siendo crítica del asunto. El tema no estaba sólo ahí; estaba también en la omnipresencia del Grupo Higa.

Estos hechos, junto con la imparable y desatada violencia, provocaron una brutal debilidad en todo el entorno del Presidente y, evidentemente, en él mismo. Peña Nieto fue perdiendo autoridad ante la sociedad mexicana. No había, ni hay, manera de ver en estos tiempos su legado.

La crítica feroz, a lo que se suma un cambio de paradigma, están dejando al sexenio casi en cenizas. No hay forma de valorar lo que se hizo en el sexenio y más difícil será a futuro. Si algo está haciendo el gobierno electo, el cual todavía no llega, pero actúa como si ya hubiera llegado, es desarticular las reformas de Peña Nieto, lo que lo va dejando todavía más aislado y, sobre todo, expuesto.

Si de algo se ha aprovechado la oposición, sobre todo Morena, a lo que hay que sumar el papel de la crítica de medios y redes, ha sido la manifiesta debilidad y aislamiento del Presidente; se ve solo y está solo.

La consecuencias tienen varias vías. Además de lo que recae sobre Peña Nieto, también hay que considerar lo que ha provocado con su desigual y errático ejercicio del poder. Los partidos han terminado desarticulados, mucho por la forma en la que establecieron alianzas entre ellos; y mucho también por las que hicieron con el gobierno.

El fin de los contrapesos, por más precarios que hayan sido, ha dejado la plaza en manos del Presidente electo y de su partido. El único debate factible es entre ellos y ante la duda, decide ya saben quién.

Se vienen cosas que todavía no hemos visto ni imaginando, aunque algunas de ellas ya se vayan asomando.

Un gobierno débil, con alianzas cuestionables y cargado de problemas, señaladamente inseguridad y corrupción, ha provocado, junto con otros factores, la ausencia de contrapesos que para lo que viene, son esenciales. Cada quien sus responsabilidades, pero las del gobierno están la vista.

La prisa que tiene López Obrador por ser Presidente es la misma que tiene Peña Nieto por dejar de serlo; a los dos les urge.

RESQUICIOS.

Ante hechos consumados, la cancelación de la construcción del aeropuerto de Texcoco debe atender de inmediato a los más de 40 mil trabajadores con empleos directos, muchos de ellos altamente competentes, y en 60 mil indirectos que laboraban en la obra. Les cancelaron empleo y sueños.