¿Se reinventa el progresismo?

Las sombras de Gray
Por:

Sesiona en Buenos Aires el Grupo de Puebla, con la mira puesta en las crisis de Bolivia, Chile, Ecuador y Venezuela.

Agenda con la que es fácil coincidir, por su alcance y urgencia. Pero que, como trasfondo, nos invita a debatir el carácter renovador de los liderazgos allí reunidos. Explorando algunas de sus posturas geopolíticas e ideológicas en la actual coyuntura regional.

Venezuela es no sólo la crisis humanitaria más grave de la región y el desenlace del más puro —por sus recursos, liderazgo, duración y apoyo internacional— populismo de izquierda. Es también una oportunidad para mostrar el compromiso democrático y justiciero de cualquier progresismo renovado. Pero Alberto Fernández desestima el carácter dictatorial del régimen venezolano, llamándolo apenas un “gobierno autoritario”. Ernesto Samper respalda las iniciativas “que adoptó la Unión Europea, el Papa Francisco, Naciones Unidas, el Grupo de Contacto”, sin reconocer que Maduro las ha desoído y descalificado. Pues, como declararon conjuntamente el Grupo de Lima y el Grupo de Contacto, la salida democrática a la crisis pasa por elecciones libres y justas con observación internacional, bloqueadas por Caracas.

Es común presentar al Grupo de Puebla como una suerte de centro despolarizador entre el Grupo de Lima y el Foro de Sao Paolo. Falso. Para que hubiesen extremismos simétricos debería existir, frente al eje bolivariano, otro bloque que proyecte su intervención directa en Venezuela. Tal como se enfrentaron en la Centroamérica de la Guerra Fría, las dictaduras apoyadas por Washington y Brasilia y las guerrillas respaldadas por Moscú y la Habana. Y eso no existe hoy. El horizonte normativo del Grupo de Lima son la Carta Interamericana y el Informe Bachelet, rechazando explícitamente cualquier solución militar.

La geopolítica aquí remite a la ideología. A diferencia de lo analizado por Fernando Pedrosa —en Latinoamérica— y Geof Elley —para Europa— en torno a la evolución de ciertas izquierdas post 68, hoy no vemos algo semejante en los liderazgos progresistas latinoamericanos. Rafael Correa dice que “en la mentalidad latinoamericana el concepto de democracia no es que se vota por un proyecto político, sino que se le confía al elegido para que haga algo bueno”. Cristina Kirchner llama a superar la división de poderes descalificándola como “el mismo sistema de gobierno de cuando no existía la luz eléctrica o el auto”. Y todos los líderes foropablinos felicitaron por adelantado a Evo Morales, desestimando como golpismo las protestas populares en contra de su fraude electoral.

En temas como el presidencialismo imperial, la persecución de la prensa y los movimientos sociales, no hay una autocrítica pública de los progresistas. Hay demasiado leninismo de clóset en el progresismo latinoamericano. Lo que alimenta el revanchismo oligárquico de las derechas radicales. Tendencias que abonan, en su choque, a la destrucción de la democracia.

El progresismo latinoamericano no ha sido coherente en su agenda republicana. Rompió con el Consenso de Washington, que acota la democracia a los duros imperativos neoliberales y la mera alternancia de gobiernos civiles. Pero legitima el Consenso de La Habana, con regímenes que pisotean los Derechos Humanos y el pluralismo político. Dos variables decisivas para el triunfo democrático de esos mismos progresistas que celebran hoy su cumbre porteña.