Riesgo de hambruna en la Montaña de Guerrero

Covid19: Por su curva los conoceréis
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Los partidos están diciendo que el problema es que el Gobierno federal no entregó fertilizante a tiempo o, desde el otro bando, que los caciques quieren desestabilizar la zona con tomas de tráilers y vandalismo. En realidad, la situación está peor: sobre la Montaña de Guerrero cae la tormenta perfecta.

Primer factor: los programas de transferencias directas cambiaron. Con Prospera ya estaba establecida la fecha en que se recibía el apoyo. Hasta había tianguis ese día en las comunidades y llegaban vendedores de ropa, de zapatos, de alimentos. Pero se acabó la tregua con el fin de Procampo, Prospera, 60 y Más. Y no han llegado los nuevos apoyos. Cuando reciben la beca universal los estudiantes, el dinero no lo distribuyen en la familia; en el mejor de los casos compran un celular; en el peor, cerveza. Cunde el desconcierto entre las madres de familia. Ocho meses en el desamparo.

Segundo factor: la caída del precio de la amapola ha tenido mucho impacto. El cultivo ilícito ya vale una quinta parte de su precio original, debido al sustituto: fentanilo, un opioide sintético. El crimen organizado endurece el puño, fuerza a jóvenes a cultivar como esclavos para satisfacer la demanda de los pocos adictos que aún quieren seguir consumiendo droga “orgánica”, importada de México. La mafia también se vuelca a otras actividades delincuenciales. Desafía a las comunidades indígenas que se resisten. El reciente asesinato de 10 músicos en Chilapa debería sentirse como una afrenta para todo el país.

Tercer factor: el clima. Las lluvias se adelantan o se atrasan. Las fiestas patronales de la fertilidad ya no coinciden con las nubes. “La naturaleza está enojada”, dice la gente. Hay que aplicar cada vez más fertilizante químico, aunque el campesino sabe que está matando al suelo, un ecosistema formado por lombrices y hojarasca.

Cuarto factor, directamente relacionado con el anterior: hay nuevas plagas. Pudren la raíz de la milpa y la ponen amarilla. El durazno, la pera, la manzana, los mangos, ahora vienen agusanados. O nunca florecen. Y no se sabe cómo combatirlas, máxime que los pesticidas químicos agravan el problema, pues matan a las abejas y hormigas, los polinizadores, los seres encargados de hacer crecer las flores. Sin ellos, la Montaña será un peñasco.

Quinto factor: no hay trabajo. Pocos pueden tener un taxi o poner una miscelánea. Tampoco hay empleos en la construcción. Con mucha suerte, algunos privilegiados se pueden enrolar por tres años en el Ayuntamiento, como policías. Como peón se gana demasiado poco.

Sexto: ya no hay operadores del Gobierno federal como antenas, detectando el problema. El Presidente puso a un coordinador estatal que no parece ver venir la tragedia.

“La Montaña de Guerrero siempre ha estado olvidada, pero ahora hay mayor dependencia y urgencia”, me dice Abel Barrera, el legendario defensor del Centro Tlachinollan. Me explica que antes había trojes en las casas; hoy, un tambo de plástico con maíz, medio vacío. No alcanzará. 2020 augura hambre.