Bolsonaro: un extremista más

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Un extremista es alguien que no respeta la ley; que busca imponer su voluntad sin dialogar; que considera que él, y sólo él, es iluminado por la verdad y que el pueblo agradecerá que la imponga según su voluntad. Estos personajes no son de derecha o de izquierda porque no representan a un grupo, se representan a sí mismos.

Brasil ha sellado su suerte al elegir contundentemente a Jair Bolsonaro como su próximo presidente. Con 55.13% de los votos, el candidato de la extrema derecha ha vencido a Haddad, considerado el candidato progresista y el elegido de Lula.

Bolsonaro iniciará una nueva era en Brasil. Luego de años de un gobierno de izquierda, caído en desgracia por millonarios actos de corrupción, Brasil ha dado un salto histórico al otro extremo del espectro político con un candidato que no conoce de medias tintas. Bolsonaro se une a nombres como el de Trump, Putin, Duterte y Erdogan en el ala de la extrema derecha; de los hombres duros que ostentan descaradamente su desprecio hacia la democracia y hacia el diálogo mientras sonríen sin reparos a las clases ricas y dominantes. Es un giro radical en un país que se preciaba de su enfoque progresista y de sus posturas populistas en apoyo a los menos favorecidos. Con amenazas a sus rivales y desplantes autoritarios y dictatoriales, Brasil da un paso a la incertidumbre.

La buena noticia para Brasil está en que el ímpeto de Bolsonaro quedará mediado por un congreso dividido. Tal vez esto ayude a que los volares por los que votaron los simpatizantes del próximo presidente lleguen a plasmarse en sus políticas sin quedar manchados por los ímpetus violentos y antidemocráticos del candidato. Recordemos que la corrupción y la inmoralidad no sólo es cuestión de izquierdas sino de personas sin respeto a la legalidad.

Brasil confirma la tendencia de los tiempos: gobiernos extremos –tanto de derecha como de izquierda- en los que la irracionalidad impera como ideología incuestionada y el diálogo democrático muere. Estamos en la época de la política del vencedor y del vencido. Se busca ganar, como sea, y humillar al enemigo. Eso no es la democracia. Vencer no es lo mismo que acordar y comprometerse. Hemos envilecido el sistema buscando el poder por el poder mismo. Y con esto, amenazamos la permanencia misma de los pesos y contrapesos políticos.

Del abuso de poder de un grupo se sigue la radicalización del contrario. Unos y otros extreman posturas hasta que no hay nada en el centro. Los ciudadanos tenemos que optar por radicalizarnos o quedarnos en medio a contemplar cómo se desgarra nuestra nación. Es la violencia y la crueldad del sistema de ganadores y de vencidos. Eso no es la democracia. En este mundo no hay cabida a la democracia.