Martes 22.09.2020 - 09:14

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Armando Chaguaceda

El verano bielorruso

DISTOPÍA CRIOLLA

Armando Chaguaceda
Armando Chaguaceda
Por:

Tras la disolución de la URSS, Bielorrusia vivió una transición caótica al capitalismo y una breve (y débil) democratización. En 1994 asumió la presidencia Alexander Lukashenko, prometiendo continuar los cambios y, a la vez, restaurar el orden. Pronto reconfiguró la política local, al construir un régimen unipersonal con notables reminiscencias —simbología, policía política, empresas estatales— del orden soviético.

Durante 26 años, el gobierno del autodenominado batka —padre— de los bielorrusos mantuvo estándares socioeconómicos aceptables para buena parte de la población, aprovechando los vínculos con Rusia, la producción agroindustrial y la exportación de maquinarias. La sociedad civil, los medios independientes y los opositores auténticos prácticamente desaparecieron del paisaje político. El servil parlamento, los partidos —oficial y tolerados— y las fuerzas de seguridad se constituyeron, todos, en pilares del sistema autoritario.

Sin embargo, la salida del juego de las generaciones formadas en la época comunista —y afectadas por la dura transición— unida al ascenso de una juventud menos sovietizada, cambiaron silenciosamente la realidad sociológica y la cultura política bielorrusas. Una sociedad ciberconectada receló de la perpetuación del envejecido autócrata y comenzó a rechazar, según arrojan los sondeos, la gestión nihilista de la pandemia. La geopolítica, por su parte, ha jugado un papel limitado: Moscú muestra cautela ante los pedidos de apoyo de Minsk. 1

En ese contexto la desconocida Svetlana Tijanovskaya, esposa de un opositor purgado por el régimen, se lanzó como candidata unitaria a las elecciones del pasado 9 de agosto. El régimen no la consideró un desafío, aceptó su inscripción —como modo de congraciarse con Occidente, apoyo necesario para contrapesar la influencia de Moscú— y… sobrevino la sorpresa. Los resultados oficiales, dando ganador a Lukashenko por 80% de los votos, invertían los datos en poder de observadores independientes y de la propia oposición. La gente se lanzó a la calle, en protestas inéditas desde la perestroika. Y aunque la presión brutal de la tiranía bielorrusa —amenazando su familia y colaboradores— orilló al exilio a la candidata opositora, las movilizaciones se ampliaron, en territorio, grupos sociales y formatos, a todo el país.

Tijanovskaya dio una pelea que nadie, ni siquiera ella, anticipó. Adversar a regímenes de ese talante no es fácil. Musavi, Khodorkovsky y Aung Saan Suu Kii sufrieron presiones similares. El inxilio o el exilio como opción a la inmolación. El descabezamiento opositor como recurso del poder. Los bielorrusos juzgarán mañana a su candidata, con reproche o compasión. Pero hoy, pese a todo, siguen saliendo a las calles. Las noticias hablan de multitudinarias manifestaciones en todo el país, huelgas en empresas clave y policías confraternizando con quienes protestan. También de represión despiadada. Aún es temprano para vaticinar la derrota de una dictadura desperada pero armada, ante sus pacíficos adversarios. La situación es muy volátil: en horas puede precipitarse todo.

En Bielorrusia la ciudadanía ha recuperado una noción de lo político, de dignidad personal y nacional. Ojalá, cuando lea esta columna, la libertad haya triunfado sobre el despotismo. Hace apenas tres meses, la afamada escritora Svetlana Aleksiévich declaraba “La sociedad no está entrenada para la independencia, ni para la crítica y la autoprotección y ni siquiera desarrolla estas facultades. La sociedad civil es apenas un embrión”. La pasada semana dijo “Una nueva generación se ha convertido en adulta y los mayores se han despertado. No es el mismo pueblo que hace 26 años”. Como escribió Alexander Herzen, hace 150 años, “la historia es la autobiografía de un loco (...) el fin de cada generación es ella misma (...) si la humanidad marchara en línea recta hacia un resultado no habría historia, solo lógica”. 

1 Ver Alexander Baunov, Belarus’s Fight for Freedom, Carnegie Center, Moscow, 15/8/2020.