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Bernardo Bolaños

Covid-19 en viviendas autoconstruidas sin ventanas

ANTROPOCENO

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Los estudios cuantitativos y cualitativos que muestran la correlación entre muertes por Covid-19 y hacinamiento han sido irresponsablemente ignorados por las autoridades. La probabilidad de morir para quienes duermen cerca de tres o más personas, en habitaciones hacinadas, es mayor incluso que para personas que adolecen de factores agravantes, como tener mayor edad.

Como señaló Viridiana Ríos desde mayo: “Las tasas de mortalidad son abismalmente diferentes dependiendo del hacinamiento. Por ejemplo, mientras que en 10 por ciento de los municipios más hacinados de México, 13 de cada 100 personas que adquieren el virus mueren, en 10 por ciento menos hacinado, sólo mueren ocho”.

En esa correlación se está cocinando la tenebrosa continuidad de la epidemia en México. Las viviendas de los mexicanos son, en 70 por ciento de los casos, autoconstruidas. Nada menos que 60 millones de personas viven en ellas. Muchos cuartos son añadidos a medida que las familias los necesitan, incluso sacrificando ventanas y luz del sol. La evidencia científica muestra que eso puede constituir una gran trampa mortal durante esta pandemia. Veamos.

Aunque López-Gatell prefiera recomendar lavarse las manos 20 veces o más, diario, no es el piso de tierra, ni la falta de agua potable o de drenaje lo que incrementa la probabilidad de fallecer de esta enfermedad.

Y aunque, en un estudio todavía inédito, mi colega, el antropólogo del trabajo Luis Reygadas, ve en la informalidad un predictor significativo que comparten Perú, Brasil y México (tres países profundamente golpeados por el SARS-CoV2), las cifras de la Dirección General de Epidemiología muestran que la informalidad no es un factor significativo que explique la mortalidad por Covid-19.

¿Por qué el hacinamiento y no el piso de tierra? ¿Por qué algunas viviendas autoconstruidas y no la informalidad? Porque estos meses están dejando claro que la transmisión del virus ocurre, principalmente, por aerosoles o partículas finas que transportan el virus más allá de la sana distancia de dos metros. Ventanas en las construcciones y aireación del comercio ambulante son clave.

A pesar de las apariencias, López-Gatell ya no hace epidemiología basada en evidencia, sino en ideas recibidas, en ideología esquemática. Atribuye a la pobreza, en general, las altas tasas de fallecimiento, aunque las propias cifras oficiales señalen al hacinamiento, no a los bajos ingresos, como predictor significativo.

Algunos pensarán que no le corresponde a él la política de urbanismo. Pero el derecho a la salud es, en parte, el derecho a tener información que salve la vida. Es una obligación de las autoridades sanitarias darnos la información relevante, en vez de largos discursos autoexculpatorios.

Los informes diarios sobre Covid-19 nos enseñaron a miles de espectadores, yo incluido, muchas cosas útiles. Pero han dejado de ser foros de divulgación científica. No están abiertos a investigadores autónomos. Y el Conacyt se auxilia de la comunidad científica como quiere y cuando quiere. Así, la ciencia paseada con correa, como una mascota de la política, deja de ser la guardiana de la sociedad.