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Carlos Urdiales

Insana distancia

SOBRE LA MARCHA

Carlos Urdiales
Carlos UrdialesLa Razón de México
Por:
  • Carlos Urdiales

#8M2021, día que gritó, pintó y reclamó el fin del patriarcado, que lucha para acotar la visión machista que aleja los reclamos con vallas de paz, con efímeros muros para que pinten y rayen lejos, para que sus voces fueran coro en plazas públicas y estampas moradas en la prensa y las pantallas.

#8M2021 dio la vuelta al mundo, no a la visión patriarcal, a la visión aldeana del fenómeno y la realidad. Antes no había estas manifestaciones, dijo el Presidente López Obrador para encapsular el día en el universo de la conspiración neoliberal en contra de él, siempre él.

El feminismo, según la 4T, es mostrar el gabinete con cuotas paritarias, festejar que el muro haya sido monumental espacio de expresión y desahogo; a la violencia de género, la combate desde Palacio con ternura y protección; por eso el cerco, para eso la insana distancia, para cuidar a las mujeres de las dúctiles mujeres.

Feminicidios, impunidad, derechos chuecos, aborto, equidad salarial, igualdad de oportunidades desde la cuna hasta la tumba; asuntos ajenos a la retórica transformadora.

En la calle y en las plazas de México y el mundo, lejos de transformaciones y revanchas ideológico-partidistas, ayer el #8M2021 gritó, pintó, rompió, marchó, tumbó, reclamó a través de cuerpos y almas para que las vendas caigan, para que los oídos escuchen, para que las mentes entiendan, asuman, acepten y actuemos en consecuencia.

No hubo cercos ni tapiales capaces de contener ideas, demandas y reclamos feministas. La coartada favorita del poder, la sabiduría popular, exhibió el desfase. Para la voz profunda del pueblo machista, la violación es consecuencia de la provocación, del empoderamiento excesivo. Para el conservador pueblo bueno, el aborto debe ser sujeto de consulta masculina y popular.

El núcleo social donde la 4T amortigua los golpes de la transformación, como la atención a menores y a mayores es la familia, ese tradicional y estereotipado —y sí— conservador fotograma del cine mexicano durante su época de oro. Mujeres predestinadas al sacrificio amoroso y abnegado, las cabecitas blancas, los velos negros que cubren el adusto gesto de la resignación.

Para la retórica oficial, lo que pasa a ellas importa poco porque son demandas infiltradas, ajenas, importadas; fruto de la contaminación universal que viene importada por adversarios, medios de comunicación y la siniestra opinión pública.

La seguridad del patrimonio cultural de la humanidad, radicado en el Zócalo de la Ciudad de México, fue el oportuno imperativo que obligó a proteger cantera y madera de palacios, bronce de monumentos. Tarea impuesta que además incluyó la gracia de asegurar que ninguna mujer se lastimara con bombas molotov o por el irreflexivo embate en contra de las granaderas de la capital.

Sin miedo como canción, sin violadores como consigna, con justicia como demanda; el morado pintó, iluminó y despertó a quien entiende. A quien no comprende, por activas y pasivas, confronta, informa, incomoda.