David E. León Romero

Dolorosa sequía

JUSTA MEDIANÍA

*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • David E. León Romero

U sualmente centramos nuestra atención en las consecuencias del exceso de lluvia, los escurrimientos, desbordamiento de ríos e inundaciones, a causa de lo doloroso y espectacular de sus consecuencias. Sin embargo, los efectos de la sequía suelen ser igual o más profundos, pero silenciosos para algunos, logrando pasar desapercibidos. 

Más del 50 por ciento de nuestro territorio está clasificado como árido o semiárido (sitios con muy poca lluvia al año), lo que se explica nuestra vulnerabilidad frente a este fenómeno. Hoy por hoy, casi el 70 por ciento de nuestro territorio registra alguna afectación por sequía; el 1 por ciento del territorio, sequía excepcional; el 7 por ciento, extrema, el 17 por ciento, severa, el 21 por ciento moderada y el 20 por ciento se encuentra anormalmente seco. Es la cuenca del río Bravo la que mayor sequía registra, específicamente los estados de Chihuahua y Coahuila en la frontera con los Estados Unidos. Imaginemos esto: mientras en Tabasco llueven 2 mil 100 litros por metro cuadrado en un año, en Coahuila llueven 379 litros por metro cuadrado en el mismo periodo. Los territorios áridos de México suelen tener una mayor densidad de población y mayor productividad, en contraste con los territorios con mayor disponibilidad de agua.

La sequía se define como la disminución o ausencia de lluvia; resulta un fenómeno normal, que se presenta de manera cíclica, pero que genera afectaciones importantes en distintos sectores y comunidades de nuestro país. Uno de los más afectados, el campo, al verse comprometida la viabilidad de las cosechas, además de que miles de hectáreas no pueden siquiera sembrarse. La sequía merma la oferta de ciertos productos, factor que fomenta el incremento de precios. Otro de sus efectos es el desempleo de aquellos que tendrían trabajo en las parcelas y que al verse afectado el ciclo, se tendrá que prescindir de ellos. No podemos dejar de lado las afectaciones a la ganadería, desde la disminución en la producción de forrajes, hasta la pérdida de ganado.

La crisis del agua por la que atraviesa nuestro país tiene su raíz en un desequilibrio roto e insostenible. Usamos más agua de la que tenemos y algunas personas todavía piensan que se trata de un recurso inagotable. La situación eleva la tensión y agudiza los conflictos políticos y sociales.

La sequía terminará en cuanto lleguen las lluvias; sin embargo, la crisis persistirá, caracterizada por una distribución inequitativa y un modelo de gestión insostenible del recurso más valioso con el que contamos.

Hoy más que nunca resulta urgente convocar a un gran diálogo nacional en el que participen actores del sector público, privado y social, para la generación de estrategias que permitan que nuestro país logre la resiliencia necesaria frente al contexto actual y futuro, mediante un modelo de gestión del agua sostenible, que privilegie el ahorro, el uso eficiente, la reutilización y el reciclaje, buscando que toda la población cuente con agua suficiente.