Viernes 27.11.2020 - 20:02

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Eduardo Marín Conde

Intolerancia

CINEBUTACA

Eduardo Marín Conde
Eduardo Marín Conde
Por:

El gran escándalo suscitado por la exhibición en Netflix del filme francés “Guapis” (“Mignonnes” en su título original) obliga a una reflexión sobre la intolerancia y la censura, la cual ha estado asociada históricamente al cine.

Los represores no entienden que el cine es reflejo de la realidad e induce la reflexión. Ahora, en tiempos de corrección política, encuentra un caldo de cultivo inmediato en las redes sociales.

Un filme profundo como “Lolita”, de Kubrick, de hace 58 años, o la sutil “Pretty Baby”, de Louis Malle, de 1978, serían absolutamente impensables hoy en día.

Ópera prima de la francesa Maimouna Doucouré, “Guapis” se estrenó en el prestigiado Festival Sundance, donde consiguió el premio a Mejor Dirección de Película Internacional. El tema es extremadamente delicado: unas chavitas, de 11 años de edad, forman un grupo de baile para un concurso y empiezan a practicar rutinas imitadas de bailarinas de table dance.

El relato posee sentido en su perfil humano. Aborda un drama individual y delinea un trazo psicológico. La protagonista central, una niña de origen senegalés sujeta a la inflexible moral musulmana, encuentra su válvula de escape y su sentimiento de liberación al unirse a estas chicas. Pero el trasfondo de la historia ha sido olvidado en aras del tremendismo.

Se ha suscitado una gran campaña de condena a la película. Las cancelaciones a Netflix llegaron a ser ocho veces superiores al promedio. A la tajante condena de diversos grupos en Estados Unidos, que la han acusado incluso de apología de la pedofilia, se unió, entre otros, el senador republicano Ted Cruz, quien calificó a la película de pornografía infantil y pidió al Departamento de Justicia investigara a Netflix.

La compañía, la cual adquirió los derechos de distribución mundial con excepción de Francia, la ha defendido al considerar que se trata de una poderosa historia. Incluso recibió la aprobación de las autoridades francesas de protección a la infancia, mucho más liberales que las gringas. La directora ha señalado que es una denuncia de la influencia de las redes sociales para que los niños asuman una identidad sexualizada.

Las furibundas reacciones negativas no sólo son excesivas, sino que caen en la intolerancia. Cada quien tiene el derecho de elegir qué ver y qué no ver. Los que acusan a “Guapis” de pervertida son aquellos cuya visión se limita al sensacionalismo. Aclaremos: no hay ni una escena en la que haya el menor contacto amoroso o sexual de las protagonistas. Está lejos de ceder a la pornografía.

La película tiene defectos y cualidades y exige un público maduro. Le podemos reprochar que hay tomas innecesarias y gratuitas que captan el movimiento de los cuerpos de las niñas. De eso a satanizarla, hay una enorme distancia.

Por supuesto que un filme así es impensable para el cine estadunidense. Pero reconozcamos que ha sido a partir de propuestas audaces como el cine ha evolucionado.