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Gabriel Morales Sod

En defensa de la política identitaria

VOCES DE LEVANTE Y OCCIDENTE

Gabriel Morales Sod
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Por:
  • Gabriel Morales Sod

En los últimos años se ha dado una extraña coincidencia entre intelectuales y activistas de izquierda, llamémoslos universalistas, e intelectuales de derecha del corte de Jordan Peterson en contra de un objetivo común: la política identitaria. Desde la izquierda argumentan que la política identitaria es superficial, divisiva e inefectiva para promover el cambio. Desde la derecha usan este mismo concepto para denostar y ridiculizar a toda la izquierda, tachándola de infantil y frívola.

A pesar de las diferencias, ambos grupos utilizan ejemplos similares para denigrarla; por ejemplo, la lucha por el uso de pronombres neutrales. Se puede discutir si estas batallas tienen sentido o no. Vale la pena apuntar que desde principios de la década de los noventa existe una enorme evidencia, con base en experimentos, que demuestra los efectos perversos de la mini discriminación, en resultados tan variados como el salario futuro o las probabilidades de terminar la universidad. Sin embargo, estas luchas son sólo una parte mínima, y hasta podría decirse periférica, de los objetivos verdaderos de la política identitaria.

Empecemos por definir el concepto. La política indentitaria (sin meternos a la discusión interminable del concepto identidad) no se trata de una serie de demandas inocentes de estudiantes de Yale, sino de una tradición política y filosófica y de una teoría de cambio. Se puede definir como la idea de que miembros de ciertos grupos experimentan injusticias específicas y que, por lo tanto, no basta con organizarse para luchar alrededor de sistemas de creencias universalistas. Tanto para entender los problemas y encontrar soluciones, como para reunir la fuerza política necesaria para el cambio, los proponentes de la política identitaria hacen un llamado a la acción colectiva con base en ciertas categorías.

Un ejemplo clásico fue el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, liderado por Martin Luther King. El movimiento jamás se desligó de la lucha universal por la igualdad económica, ni se negó a hacer alianzas interraciales, pero décadas después de la emancipación era esencial crear un movimiento afroamericano que atacara directamente las estructuras sistémicas que se construyeron particularmente para subyugar a esta población.

Según sus críticos, la lucha identitaria ignora la dimensión materialista. En un reciente artículo en Diario 16, Guillermo del Valle Alcalá llegó al extremo de acusar al identitarismo de “desconexión analítica y política”, argumentando que el universalismo debe siempre ser la base esencial de la política de izquierda. Hablando de las recientes manifestaciones en Estados Unidos, del Valle escribió: “ahora nos encontramos ante una ola de lucha contra el racismo, repentina” como si el “racismo estructural de EU (fuera) ajeno a las desigualdades socioeconómicas.” Más allá de que el movimiento no sólo no es “una ola repentina”, sino una de las luchas más longevas y más sangrientas de la modernidad, esta argumentación refleja una falta de entendimiento de la teoría identitaria.

En un artículo recién publicado en el New York Times, Nikole Hannah-Jones presentó la argumentación quizás más convincente que he leído a favor de las reparaciones —es decir la idea de otorgar una compensación monetaria a los descendientes de esclavos en EU—. Después de la esclavitud, a diferencia de otras emancipaciones, los recién liberados no recibieron ni tierras ni dinero; al contrario, por años se les excluyó de casi todos los programas de apoyos gubernamentales que crearon a la clase media estadounidense. Por consiguiente, un plan al estilo New Deal que repartiera dinero por igual a todos los estadounidenses de clase baja sería insuficiente para acabar con décadas de desigualdad. De eso trata la política identitaria.

Para llegar a la igualdad universal es necesario reconocer que no todos partimos de la misma situación (incluso dentro de una misma clase social) y que, en muchas situaciones, la acción colectiva con base en raza, género e identidad sexual puede ser más efectiva en crear cambios sistémicos que la lucha universalista. La política identitaria no es ni un sustituto de la lucha materialista, ni un “dogmatismo simbólico”, ni un club de estudiantes, sino una filosofía y una teoría de acción política que sugieren que es imposible alcanzar el cambio universal sin entender las particularidades históricas y sistémicas de la desigualdad.