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Guillermo Hurtado

Arte y miseria de hacer cola

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
Guillermo HurtadoLa Razón de México
Por:
  • Guillermo Hurtado

Cuando era niño, mis padres me repetían que el nivel de educación de una persona, e incluso de un pueblo, podía medirse por su disposición a respetar el orden de una fila. Saltarse la cola no sólo era cívicamente reprobable, sino moralmente despreciable.

Con el paso de los años, me fui percatando de que algunas personas tenían el privilegio de no hacer cola. En restaurantes, teatros y aeropuertos, había individuos que llegaban acompañados por un ujier que los guiaba directamente a la puerta. Esas personas, de porte altivo, caminaban con la convicción de que merecían semejante prebenda. La regla de que no había que saltarse la fila, comprendí entonces, valía sólo para los mortales ordinarios, como yo; para ellos, los mortales extraordinarios, la norma era irrelevante. Cuando entendí que la sociedad estaba dividida de esa manera decidí que, de adulto, formaría parte del grupo de los que no tienen que hacer cola. 

Pronto descubrí que alcanzar esa prerrogativa no era tan sencillo. A veces se trataba, simplemente, de pagar de más. Pero en otros sitios no bastaba el dinero, había que tener un apellido conocido, las amistades correctas e incluso la belleza física requerida. También había lugares en los que había que tener un alto cargo, un prestigio ganado, una autoridad reconocida. Para formar del grupo selecto había que cumplir con un conjunto muy amplio de requisitos.  

Cuando me fui a vivir a Inglaterra, conocí una cultura del orden muy diferente de la mexicana. Para los ingleses comunes y corrientes había una especie de orgullo en formarse de manera disciplinada. Parecía como si eso les diera cierta dignidad que los distinguía de los bárbaros. En Los extranjeros en la isla, el humorista George Mikes hablaba incluso de una “pasión nacional”. El primero que se forma en la parada de un autobús, tiene el placer de que los que lleguen después lo reconozcan como el que pone el ejemplo de civilidad. El que sea el primero en entrar al vehículo es lo de menos. 

 A diferencia de otros países, como en los Estados Unidos, en donde la cortesía indica que hay que hablar sobre cualquier babosada con la persona que está detrás o delante de la cola, en Inglaterra se guarda un silencio casi ceremonial, como si uno tuviera que concentrarse en la tarea de formarse. Por cierto, en Inglaterra también hay personas que no hacen cola y que entran directamente a cualquier sitio. Sin embargo, eso no se ve mal. El clasismo está tan incorporado por la mentalidad inglesa, que resulta imperceptible para quienes lo padecen.  

A mi regreso de Inglaterra, olvidé rápidamente aquella lección y volví a formarme de mala gana.  

Por lo general, a mí las colas siempre me dejan un poco irritado: las del banco, las del supermercado, las de las oficinas públicas. No porque me sienta superior a los demás —o eso es lo que quiero creer— sino porque me parecen una pérdida de tiempo: para mí y para cualquier otra persona. Un mundo sin colas sería mejor, sigo pensando, que uno con ellas.  

Tengo la impresión de que los mexicanos nos hemos vuelto más ordenados a la hora de hacer fila. ¡Que se cuide el que pretenda saltarse la cola, porque de inmediato se le reclama airadamente! Ya no estamos tan dispuestos, como quizá antes, a permitir que alguien nos pase por encima.  

Sin embargo, como en tantas otras circunstancias, los mexicanos encontramos una manera de darle la vuelta a la regla. Nunca falta quién pide que se le “guarde su lugar” en la cola. Y añade invariablemente: “sólo por un momentito”. Como aparentemente no cuesta nada, siempre se concede esa gracia. No obstante, mientras pasan los minutos, es inevitable que empecemos a sentirnos mal por la merced otorgada, sobre todo, si presenciamos que la persona favorecida aprovecha para hacer todo tipo de cosas que a nosotros también nos hubiera gustado realizar. Cuando falta un instante para llegar al final, el aprovechado llega veloz y nos murmura un austero gracias que nos deja insatisfechos. Cada vez que me sucede eso me prometo a mí mismo no volver a dejar que alguien me ponga a hacer la cola en su lugar. ¡O todos coludos o todos rabones!