Miércoles 21.10.2020 - 05:44

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Guillermo Hurtado

Deshumanización y maquinización. Segunda parte.

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
Guillermo Hurtado
Por:

En mi artículo del sábado anterior examiné la enajenación de la era industrialista. Todavía hay millones de obreros que laboran en condiciones miserables dentro de fábricas ruidosas, pero ahora, la mayor parte de la humanidad está enajenada por máquinas más pequeñas, amigables y seductoras: las computadoras portátiles. Con ellas hacemos todo: trabajamos, jugamos, aprendemos, enseñamos, compramos, vendemos, compartimos y convivimos. La nueva enajenación es diferente de la vieja enajenación descrita por Marx, aunque no por ello dejen de tener aspectos en común. La nueva alienación se genera entre el usuario de la computadora y su entorno. Ya no es una pesada máquina la que nos devora, sino un sistema informático ubicuo, el llamado ciberespacio, en el que se organizan, ejecutan y califican todas las actividades de nuestra vida. Los dueños de esta red de computadoras, programas y servicios comerciales son quienes lucran con nuestra creciente adicción a esta tecnología.

La máquina moderna es poderosa, precisa y eficiente. La máquina contemporánea es, además, inteligente; no sólo tan o más inteligente que cualquier obrero calificado, sino que puede llegar a serlo más que su propio dueño o administrador o inventor. Uno de los rasgos de lo humano subrayado en la filosofía occidental ha sido la inteligencia. Aristóteles definía al ser humano como un animal racional. Si lo que supuestamente nos distingue de los animales es la razón —en todos sus sentidos, tanto teóricos como prácticos— pero ahora parece posible inventar máquinas que repliquen la razón humana, ¿qué nos distingue ya de las máquinas?

He dicho que maquinizar a un ser humano es tratarlo como una máquina. Pero si entre la máquina antigua y la máquina moderna hay un brinco, entre la máquina moderna y la máquina contemporánea hay casi un abismo. El significado del verbo maquinizar ya no puede ser el mismo. Si en el siglo XIX maquinizar era deshumanizar, en el siglo XXI el verbo “maquinizar” ya no puede tomarse a priori como algo indeseable. Para quienes defienden el proyecto transhumanista, uno de los más ambiciosos de la historia, los humanos seremos mejores cuando transformemos nuestros organismos con medios tecnológicos y cuando nos implantemos sofisticadas piezas mecánicas o electrónicas. En vez de humanos seremos otra cosa: seremos post-humanos. No consiste este proyecto en una deshumanización hacia la animalidad ni en una deshumanización hacia la máquina más burda; no es, en resumen, una subhumanización, sino una transformación que aspira a una suprahumanización, a un paso ascendente del ser humano dentro del inabarcable horizonte científico-tecnológico.

Alrededor del 70% de la población mundial posee un teléfono portátil inteligente. Nuestra dependencia de esa maquinita para realizar tareas cotidianas es cada vez mayor. Cuando salimos de casa sin ella nos sentimos indefensos, diríase, incompletos. Hay gente que no se despega del aparato. Lo usa la mayor parte del día y por la noche lo deja a un lado de su cama. Para no perderlo, lo mejor sería tenerlo dentro del cuerpo. Pronto eso será posible, pero por ahora, se podría decir que ya hemos incorporado el teléfono a nuestra existencia. En este momento, la humanidad puede dividirse en dos grupos, los que poseen un teléfono portátil inteligente, y los que aún no lo poseen. Aunque todavía no lo llevemos dentro, esa máquina ha cambiado nuestra vida como ninguna otra en la historia. Nos estamos moviendo muy rápido hacia un futuro en el que la diferencia entre el ser humano y la máquina cada vez será más difusa.

Mi opinión es que maquinizar a los humanos —no importa cómo— nos deshumaniza porque denigra el reino de lo humano, que es el genuino reino de los fines, como decía Kant en la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres. El reino de los fines es la antesala, según el propio Kant, del esperado reino de Dios. El ser humano, para serlo de veras, tiene que distinguirse del resto del universo, de otra manera se traiciona a sí mismo. Aunque no deje de ser libre, devalúa su libertad. Hasta hace poco, la historia de la humanidad había sido la historia de nuestra desanimalización. Sería una ironía que la larga marcha para desanimalizarnos acabara por maquinizarnos, cuando en no pocos aspectos los animales son superiores a las máquinas.