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Guillermo Hurtado

Un discurso del Dr. Ignacio Chávez

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
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En estos días de cuarentena, mi padre se ha dedicado a ordenar sus cajones. Entre los papeles viejos que rescató estaba un folder amarillento con una edición de La Gaceta UNAM del 10 de octubre de 1975. El ejemplar reproduce, de manera íntegra, el discurso que dio el Dr. Ignacio Chávez en el Senado en la ceremonia en la que el Presidente Luis Echeverría le entregó la medalla Belisario Domínguez.

—Mira, me dijo, guardé este discurso durante cuarenta y cinco años. Te recomiendo que lo leas, ya verás cómo es de una actualidad asombrosa.

Me llevé el folder y llegando a mi casa leí el discurso. Lo primero que salta a la vista es la elegancia de la escritura del insigne médico. Si alguien en México ha merecido el título de “médico humanista” es el Dr. Ignacio Chávez. No sólo por su extensa cultura, sino por su interés en el fenómeno humano en todas sus dimensiones.

En 1976, el Dr. Chávez tenía 79 años, su fin ya estaba cerca —murió en 1979—. En 1944 había fundado el Instituto Nacional de Cardiología y de 1960 a 1966 había sido Rector de la UNAM. La huella que dejó en ambas instituciones fue muy profunda. Por lo que toca a la segunda, Chávez se propuso que sin dejar de ser pública fuera, además, una universidad de excelencia académica. Se podría decir que ese proyecto es el que, con algunas variantes, han preservado todos los rectores desde aquel entonces —el Dr. Enrique Graue incluido—.

En su discurso, Chávez defendió la importancia de la educación superior en un país como México. Hizo un llamado a todo el pueblo de México a: “Obtener de este Gobierno y de los que lo sucedan todo el apoyo, moral, económico y político, para que la educación alcance sus metas superiores. Sacudir la conciencia pública para que venga en ayuda. Va en ello el futuro de nuestros hijos, el futuro del país. Pobres de los pueblos, dije alguna vez como admonición, pobres de los pueblos que nieguen su apoyo a las tareas de la cultura superior, al desarrollo de su ciencia y de su tecnología, porque de ellos será cadena perpetua del coloniaje”.

Esta declaración nos recuerda a Vasconcelos, a su convicción de que sin educación superior México seguiría siendo una nación dependiente. Pero también puede verse como un mensaje al Presidente Luis Echeverría, que había enarbolado la bandera de la descolonización política, económica y cultural de México y de los países del tercer mundo.

Como humanista que era, Chávez no concibe a la universidad como una institución guiada por criterios mercantilistas. Lo vuelvo a citar: “Veo a la universidad del mañana no como una fábrica de profesionales y de técnicos para sostener la maquinaria que fabrica riqueza, no para dar forzados a la economía de consumo. La concibo como un gran laboratorio de hombres, con toda la dignidad del término; capacitados, sí, para el trabajo técnico, pero también para el cultivo del espíritu, imbuidos del respeto a la verdad y la justicia”.

Para lograr este propósito, la universidad pública debe cuidarse de no caer en dos extremos. Uno de ellos es cerrar las puertas a quienes tengan capacidad probada de traspasarlas. Ninguna razón económica debe ser impedimento para que los jóvenes con voluntad, disciplina y talento queden fuera de las aulas. El otro es abrir las puertas a todos los que deseen entrar a ella, sin que estén preparados para aprovechar sus estudios. La universidad pública no debe recibir más alumnos de los que pueda educar. La educación que se ofrezca en esas instituciones tiene que ser sólida, de calidad, de otra manera, no sería más que un fraude que sufrirían los egresados y, en general, el país entero.

Los universitarios deben ser conscientes del compromiso que adquieren ante la sociedad. Por eso mismo deben interesarse en la política. No obstante, no deben suplantar el estudio por la actividad política. El Dr. Chávez recuerda que Mao Tse Tung le reclamó a unos activistas: “su fervor revolucionario no nos compensa de su incompetencia técnica”.

El discurso del Dr. Ignacio Chávez sigue teniendo vigencia. La mejor manera de conservar su memoria es cumplir con sus preceptos.