Guillermo Hurtado

Dos tipos de ignorancia

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Guillermo Hurtado
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Guillermo Hurtado

Digamos que la ignorancia es no saber algo acerca de cierto asunto. Distingamos ahora dos tipos de ella: la ignorancia primaria, que consiste en el hecho generalizado de que dentro de una comunidad nadie sepa algo sobre un asunto y la ignorancia secundaria, que consiste en que dentro de una comunidad alguien o algunos no sepan algo sobre un asunto que otro u otros dentro de esa misma comunidad sí lo sepan.

La ignorancia, ya sea primaria o secundaria, viene en grados. El nivel más bajo es el de aquel que ni siquiera sospecha que es ignorante. Es menos ignorante acerca de un asunto aquel que puede plantear una pregunta sobre ello, aunque sea incapaz de darle respuesta, que aquel que ni siquiera es capaz de plantear la pregunta. Pasar de uno primero a otro nivel en la ignorancia es un mérito epistémico. El ignorante que se sabe ignorante ya no lo es tanto. Percatarse de la propia ignorancia supone una especie de lucidez.

Cada día se sabe más sobre cosas de las que usted y yo no tenemos ni la menor idea, y, por ello, podemos decir que usted y yo cada vez somos más ignorantes en sentido secundario. Este incremento de la ignorancia secundaria es consecuencia inevitable de la distribución desigual del conocimiento. Hoy en día nadie puede saber
todo lo que se sabe

Una diferencia entre los seres humanos y el resto de los animales es que sólo los humanos son capaces de concebirse a sí mismos como ignorantes. Dicho de otra manera: sólo los humanos son capaces de plantearse preguntas de las que carecen de una respuesta. Por eso mismo, no tiene sentido decir que los animales sean ignorantes. Los animales saben todo lo que tienen que saber: la hormiga sabe cómo llevar alimento al hormiguero y el cocodrilo sabe cómo capturar a su presa. Los seres humanos dejan de ser animales cuando se descubren a sí mismos como ignorantes en sentido primario. Entonces se enfrentan al imperativo vital de dejar de serlo: dan inicio a su inacabable proceso de humanización. Si ya resulta extraordinario que los seres humanos se descubran ignorantes de manera primaria acerca de preguntas como las de ¿cómo prender el fuego? o ¿cómo guardar el agua?, lo es todavía más que se descubran como ignorantes primarios con preguntas más complejas y ambiciosas, como ¿cuál es el origen del universo? o ¿cuál es el sentido de la existencia? Es por ello que Nicolás de Cusa hablaba de la “docta ignorancia”: la consciencia de que somos primariamente ignorantes acerca de las grandes preguntas sobre Dios y el cosmos.

Imagen que representa a dos personas con ignorancia respecto a un tema.
Imagen que representa a dos personas con ignorancia respecto a un tema.Foto: Freepik

Así como todos somos ignorantes primarios acerca de innumerables asuntos de mucha o poca importancia, también somos ignorantes secundarios acerca de una cantidad cada vez mayor de temas, tanto grandes como pequeños. Cada día se sabe más sobre cosas de las que usted y yo no tenemos ni la menor idea, y, por ello, podemos decir que usted y yo cada vez somos más ignorantes en sentido secundario. Este incremento de la ignorancia secundaria es consecuencia inevitable de la distribución desigual del conocimiento. Hoy en día nadie puede saber todo lo que se sabe. Por ello, cada vez hay una mayor división del trabajo epistémico, es decir, hay pocas personas que saben de ciertas cosas para beneficio del resto de la comunidad, aunque los demás sean ignorantes secundarios acerca de ello.

La ignorancia, ya sea primaria o secundaria, viene en grados. El nivel más bajo es el de aquel que ni siquiera sospecha que es ignorante. Es menos ignorante acerca de un asunto aquel que puede plantear una pregunta sobre ello, aunque sea incapaz de darle respuesta, que aquel que ni siquiera es capaz de plantear la pregunta. Pasar de uno primero a otro nivel en la ignorancia es un mérito epistémico. El ignorante que se sabe ignorante ya no lo es tanto

Aunque la desigualdad epistémica sea inevitable, los seres humanos queremos que la verdad no sea propiedad exclusiva de alguien o de unos pocos. No sólo porque nos parece injusto que algunos la posean y otros no, sino porque nos parece reprobable que se oculte. Es aquí en donde entra en juego el ideal de la educación pública. Es natural que los niños sean ignorantes secundarios en relación con lo que saben los adultos. Sin embargo, llega un momento en el que la ignorancia secundaria de los críos deja de parecernos algo normal y buscamos remediarla de manera colectiva. La finalidad de la educación básica obligatoria consiste en que todos los niños, todos sin excepción, dejen de ser ignorantes secundarios acerca de ciertos asuntos que se considera son de tal importancia que pensamos que deben ser conocidos por todos los ciudadanos. Se trata de un hermoso ideal igualitario, ya que lo que se busca no es sólo que los niños se igualen en esos conocimientos con los adultos, sino de que todos los niños, todos sin excepción, los posean por igual: con la misma profundidad y solidez. Ningún sistema de gobierno que se llame a sí mismo democrático puede dejar de perseguir este ideal social.