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Guillermo Hurtado

México: moral y democracia

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
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Por:
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Es innegable que México pasa por una recesión moral desde hace muchos años. El que esa condición se haya vuelto crónica e, incluso, nos hayamos acostumbrado a ella, no significa que no debamos enfrentarla con decisión. La pregunta que se plantea es la de qué hacer para que el bien y la justicia orienten nuestra existencia individual y colectiva.

1.- Digamos las cosas como son: el régimen anterior se lavó las manos. Hizo poco o nada para detener el deterioro moral de la sociedad. Quienes afirmaban que la moral era una cuestión puramente individual, que sólo se dirime en la conciencia privada; quienes rechazaban que el Estado y, en general, cualquier colectividad, asumiera como una de sus tareas la formación y la orientación moral, dejaron que creciera el problema. El fracaso de su quietismo queda a la vista.

La escuela pública es el sitio principal en donde el Estado debe cumplir con su responsabilidad dentro de la reforma moral. Los niños y jóvenes deben recibir una sólida educación moral: bien concebida y bien enseñada. Deben aprender, sobre todo, los valores morales en los que se funda la convivencia social. Dicho esto, no se puede atribuir al Estado el monopolio de la educación moral

2.- No podemos adoptar el prurito ultraliberal de que el Estado no debe ocuparse en lo absoluto del tema de la moral. Sin embargo, no se trata de que el Estado imponga por la fuerza una moral a la sociedad entera. Lo que se requiere es algo distinto: que el Estado cumpla con su parte en el proceso de reforma moral sin que, por eso, abandone los principios constitucionales del laicismo y la libertad de creencias.

3.- La reforma moral tiene que ser tarea de todos. Nadie puede quedar exento de participar en ella. No sólo todos y cada uno de los individuos deben asumirla como suya, sino que, además, deben hacerlo todos los grupos, sectores y organizaciones de la sociedad: las agrupaciones vecinales, las escuelas, las universidades, las compañías privadas, los sindicatos, las iglesias de todas las denominaciones, las asociaciones de profesionistas, los gremios, los barrios, los pueblos. Los gobiernos locales y el gobierno federal tampoco pueden quedar al margen.

Una reportera toma fotos a la Guía Ética para la Transformación de México, el pasado 26 de noviembre.Foto: Cuartoscuro

4.- La escuela pública es el sitio principal en donde el Estado debe cumplir con su responsabilidad dentro de la reforma moral. Los niños y jóvenes deben recibir una sólida educación moral: bien concebida y bien enseñada. Deben aprender, sobre todo, los valores morales en los que se funda la convivencia social. Dicho esto, no se puede atribuir al Estado el monopolio de la educación moral. En los hogares, en las familias, en los barrios, en los pueblos, en las parroquias, los niños también pueden y deben recibir una orientación moral.

5.- México es una sociedad plural en la que caben distintas concepciones de la vida buena. La función primordial del Estado no es la de promulgar una moral oficial, sino la de promover en el salón de clases, la reflexión moral —libre, racional y sensible— de los niños y los jóvenes. Por eso mismo, las clases de Ética y, en general, de filosofía, son tan importantes a todo lo largo del sistema escolarizado. El que la filosofía haya quedado incluida en la Constitución como una de las disciplinas que debe impartir el Estado en la escuela pública ha sido un avance muy grande en esa línea.

La reforma moral no puede estar separada del proceso de transformación democrática. La democracia mexicana debe apoyarse en la moral y la moral mexicana debe apoyarse en la democracia. En mi libro México sin sentido (México, Siglo XXI, 2011) desarrollé esta tesis y sigo suscribiendo lo que ahí sostuve. Para que el país supere su crisis moral tendrá que superar, al mismo tiempo, su crisis democrática

6.- La Guía Ética para la Transformación de México no es la solución de nuestros problemas morales y, ni siquiera, una aportación en el camino adecuado. El trabajo se tiene que realizar de otra manera, en otros sitios y con otros sujetos. La reforma moral no puede hacerse sólo de arriba, desde el Estado, hacia abajo, la sociedad; tiene que hacerse principalmente de abajo hacia arriba. La reforma moral no la puede hacer una persona ni un partido y ni siquiera un gobierno. Somos todos quienes debemos comprometernos con ese cambio profundo. Para que el esfuerzo sea de la sociedad entera, es indispensable que haya no uno sino muchos promotores, organizadores y maestros —en el sentido más amplio de la palabra— que asuman la responsabilidad de impulsar la reforma moral en todos y cada uno de los rincones del país.

7.- La reforma moral no puede estar separada del proceso de transformación democrática. La democracia mexicana debe apoyarse en la moral y la moral mexicana debe apoyarse en la democracia. En mi libro México sin sentido (México, Siglo XXI, 2011) desarrollé esta tesis y sigo suscribiendo lo que ahí sostuve. Para que el país supere su crisis moral tendrá que superar, al mismo tiempo, su crisis democrática.