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Guillermo Hurtado

Nietzsche y la genealogía de la verdad

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
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Nietzsche ocupa un lugar central en la historia de la filosofía. Su crítica a la verdad sigue siendo, hoy en día, un reto para quienes pretendan defender el valor de la verdad en el mundo contemporáneo.

Nietzsche plantea dos preguntas que le dan un giro a la investigación filosófica sobre el tema. Mientras que los filósofos anteriores a él se habían interrogado sobre qué es la verdad y sobre qué hace que algo sea verdadero, él plantea dos nuevas preguntas. La primera es: ¿cuál es el origen de la verdad? La segunda pregunta revolucionaria que hace Nietzsche es la siguiente: ¿es buena la verdad? Con esta segunda duda, el filósofo alemán pone en cuestión uno de los dogmas fundamentales del pensamiento occidental, a saber, que la verdad es buena y la mentira es mala y, más aún, que el vínculo entre la verdad y el bien es esencial a los dos, que la verdad sin el bien y el bien sin la verdad no se pueden concebir, son imposibles.

El método genealógico se distingue del método analítico. El objetivo del segundo es ofrecer una definición que sea el resultado de un análisis del concepto, sin tomar en cuenta su historia, ni sus variaciones. Por ejemplo, Aristóteles define la verdad como “decir de lo que es que es y de lo que no es que no es”. Al método genealógico no se preocupa tanto por las definiciones, sino que pretende descubrir cómo se formó el concepto en cuestión para poder entender su complejidad, sus aristas, sus variaciones e incluso sus inconsistencias.

La historia de la verdad que nos cuenta Nietzsche nos deja desconcertados. El propósito de Nietzsche es denunciar una farsa que nosotros inventamos hace mucho tiempo y que hemos llegado a creer al pie de la letra como si no fuera nuestra propia creación.

Nietzsche no sólo quiere desinflar metafísicamente al concepto de verdad, sino desinflarlo moralmente. Según él, la verdad no es, como afirmaron filósofos muy destacados, un modo del bien, ésa es una mentira que nosotros mismos inventamos. Hemos olvidado el origen de la verdad que se remonta al origen del lenguaje y, más allá, al de nuestra compleja relación con un mundo que se resiste a nuestro control e intelección.

Para dominar un mundo siempre cambiante, inventamos conceptos con los que hacemos una especie de cuadriculado de la realidad. Esos conceptos nos permiten organizar, controlar y manejar nuestras relaciones con la realidad natural y social. Al ser nuestras creaciones, son relativos, contingentes, arbitrarios. Hemos cortado el mundo a nuestra medida. Por lo mismo, no se puede decir que existan hechos duros, sino sólo interpretaciones. Lo que llamamos la verdad es una entre otras interpretaciones. Y cuando decimos que aceptar esa interpretación es lo moralmente correcto, lo que hacemos es continuar con una ficción.

Cito un párrafo de su ensayo Sobre verdad y mentira en sentido extramoral: “¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes. Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son”.

Según Nietzsche, la verdad nace de una mentira conveniente. Si esto es así, nada nos obliga, en un sentido moral, a defender la verdad, a protegerla, a luchar por ella. Vivir por la verdad es vivir de acuerdo con una fantasía. La vida moral no puede seguir esclavizada a la regla que nos indica que la verdad es el bien y la mentira el mal. Lo que llamamos verdad no es un bien genuino. El bien y el mal están más allá de la verdad y la mentira.

La genealogía de la verdad de Nietzsche no se funda en una investigación empírica sino en una conjetura. Eso no significa que debamos descartarla sin más. Su sospecha está basada en su peculiar doctrina acerca de la vida humana, es decir, de sus motivaciones, sus secretos, sus pasiones. Toda la literatura reciente contra el concepto tradicional de verdad, desde Rorty hasta Vattimo y desde Foucault hasta Deleuze, pasa por la ruta crítica abierta por Nietzsche.