Guillermo Hurtado

Por un pacto educativo global

TEATRO DE SOMBRAS

*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Guillermo Hurtado

La educación es una constante del ser humano. Antes de que hubiera escuelas, antes de que hubiera maestros, hubo educación, porque sin ella no habría cultura transmisible. Por lo mismo, la educación no se puede restringir a lo que sucede dentro de las aulas. Hay educación en la casa, la calle y, ahora, cada vez más, en las pantallas de nuestros dispositivos electrónicos. Todos estamos inmersos dentro del sistema, no importa nuestra edad. El tema nos toca desde cualquier ángulo.

Estudiantes hacen su examen para ingresar a la universidad, en febrero pasado.
Estudiantes hacen su examen para ingresar a la universidad, en febrero pasado.Foto: Cuartoscuro

Los tiempos actuales nos exigen replantear el sentido de la educación. No podemos seguir educando como hace 100 años, ni siquiera como hace 50 años, cuando no existían las computadoras personales. Decir que el mundo ha cambiado no basta. Es preciso añadir que el ser humano también está cambiado. La pregunta que se nos impone es la de si esas mutaciones han sido buenas. ¿Somos mejores seres humanos que antes? ¿Hemos perdido rasgos valiosos de nuestra condición humana?   

Se observan tendencias preocupantes. Por una parte, la educación escolarizada se convierte en una mercancía que se ofrece a quien pueda pagarla. Por la otra, la educación escolarizada se tecnologiza, como todas las demás industrias, para bajar costos, para uniformar los productos y para atraer a los clientes. Lo que se pierde, en este proceso, es el antiguo ideal de la educación como formadora de personas virtuosas. La escuela deja de ser un espacio destinado a la formación integral de los seres humanos para convertirse en una empresa fría y ubicua. Lo que se vende y se compra son paquetes de conocimientos y de habilidades, es decir, mera instrucción. La relación entre el maestro y el alumno se reduce a lo mínimo. Al maestro se le ve como un intermediario y al alumno como un objeto. La pandemia aceleró algunos de estos procesos y todavía estamos evaluando los resultados.  

Las fuerzas mercantilistas de la educación no sólo están presentes en la educación privada, también aparecen en la educación pública, aunque de otra forma. Las empresas exigen a los gobiernos que preparen a los futuros trabajadores de la manera en la que ellas piensan que serán más productivos. Los egresados deben estar moldeados para embonar en el sistema económico. Para este fin, la educación se convierte en una especie de capacitación y se olvida el ideal humanista de la formación integral de la persona, lo que los griegos llamaban paideia.  

Podemos hablar, entonces, de una crisis de la educación. Y por lo mismo, de una crisis de la humanidad. Lo que llamamos “educación” en nuestros días, lo que pasa como tal, muchas veces es una práctica deshumanizadora.  

Frente a este escenario tan preocupante, hay algunas alternativas esperanzadoras. El 12 de septiembre de 2019, el Papa Francisco propuso un Pacto Educativo Global. El pacto no está dirigido únicamente a los católicos: convoca a todos los habitantes del planeta. El documento no presupone ningún dogma, puede ser suscrito por cualquiera, sea o no cristiano, sea o no creyente en alguna religión. Además, tiene la ventaja de ofrecer un diagnóstico muy certero sobre los problemas de la educación en el mundo contemporáneo con el que cualquiera puede estar de acuerdo.  

El Pacto Educativo Global se basa en siete compromisos. El primero es poner a la persona en el centro del proceso educativo. El segundo es que escuchemos a las generaciones más jóvenes, es decir, hagamos un esfuerzo por entender lo que piensan y sienten. El tercero es promover la educación y el bienestar de las niñas y, en general, de las mujeres, para acabar con las desigualdades de género que todavía existen en el sistema educativo. El cuarto es responsabilizar a la familia de la educación de los pequeños. El quinto es acoger a los más vulnerables y marginados. El sexto es renovar los modelos económicos y políticos para acabar con la cultura del descarte. Y el séptimo es cuidar la casa común, es decir, proteger el medio ambiente.  

Me parece que el Pacto Educativo Global es un buen punto de partida para la necesaria discusión global sobre el tema de la educación en el siglo XXI. Lo que está en juego, como ya dije, es el destino del ser humano tal y como lo conocemos.