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Guillermo Hurtado

¿Quién eres tú para pedir justicia?

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
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Por:
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En el Evangelio de Juan se cuenta que unos fariseos llevaron una adúltera ante Jesús y le pidieron su opinión acerca del castigo que debía recibir. ¿Se le lapidaba, como indicaba la ley de Moisés? Jesús respondió: “el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”. La admonición del Mesías consiste en pedirnos que seamos capaces de perdonar a quien ha cometido un mal, de la misma manera en la que Dios perdona nuestros males. Entendamos correctamente el mensaje moral de esta narración. Una lectura muy equivocada de este pasaje consistiría en suponer que Jesucristo afirmó que el adulterio no es un pecado o, mucho menos, que no hay actos pecaminosos.

Hay otra lectura —también muy equivocada— de la lección de Jesucristo que resulta asaz inquietante en nuestros días. La idea es que nadie que no tenga las manos perfectamente limpias tiene la autoridad moral para pedir que se haga justicia. Sucede cada vez con mayor frecuencia que cuando alguien señala que se ha realizado un acto ilegal, injusto o, simplemente inmoral, se le responde de una manera indignada. ¿Y quién eres tú para exigir algo? ¿Acaso eres un santo? ¿Acaso no tienes también las manos sucias?

Todos somos pecadores, nadie tiene las manos absolutamente limpias. Siempre se puede encontrar —y más ahora, que la información es más disponible que nunca antes— una manchita, por pequeña que sea, en la palma de la mano de cualquiera.

En un mundo en el que un requisito para pedir justicia sea la pureza moral, no puede haber ninguna exigencia individual, ninguna lucha colectiva, por el bien que se considere legítima. Todo se verá, siempre, como un artilugio para cobrar venganzas o para satisfacer animadversiones o para destacarse vanidosamente de los demás. ¿Por qué levantas la voz ahora, se dirá, si antes guardaste silencio? ¿Por qué señalas a Fulano y no señalaste a Zutano? En un mundo así estamos condenados a hundirnos, todos juntos, en el pantano moral.

Para que se haga justicia es preciso que todo lo que digamos y hagamos esté iluminado por el resplandor de la verdad. No ocultemos las manchas de nuestras manos, por pequeñas y antiguas que sean, y aceptemos nuestras fallas. Después de dar ese ejemplo, podemos pedir que se haga justicia, que se corrijan las faltas y se reparen los daños. Esta exigencia de justicia no puede tomarse como un recurso de la venganza o del encono o del orgullo, sino como una exigencia del cumplimiento del bien bajo la luz de la verdad, es decir, de la revelación de las cosas tal y como son, tal y como sucedieron, para que se haga lo que se deba hacer ante las circunstancias.

La relación entre la verdad y la justicia es esencial para la realización de la vida moral. Cuando esto se olvida, nos perdemos en la oscuridad más atroz.