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Guillermo Hurtado

Sor Juana Inés de la Cruz: el nacimiento de la filosofía americana

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
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En el siglo XVI, América y los americanos fueron objetos de estudio de la filosofía. Desde su cátedra en Salamanca, Francisco de Vitoria planteó la cuestión de si los españoles tenían un derecho de conquista en América. Bartolomé de la Casas, testigo directo de los horrores del colonialismo español, se opuso a la esclavitud de los indígenas y defendió su dignidad. Lo mismo hizo Alonso de la Veracruz que no sólo fue el primer catedrático de filosofía escolástica, sino que, además, siguiendo a su maestro Vitoria, reflexionó acerca de la dominación de los indios mexicanos. Aún más lejos llegó Vasco de Quiroga, que puso a la filosofía renacentista en acción para la organización de nuevas comunidades indígenas en Michoacán. Sin embargo, ni Vitoria ni De las Casas ni De la Veracruz ni Quiroga nacieron en América ni se identificaron con los pobladores originarios que ellos protegieron con un sentido ético, pero también, hay que decirlo, paternalista.

Para que los americanos dejaran de ser objetos pasivos de la filosofía europea y se convirtieran en sujetos activos de una filosofía propia (dentro de la tradición occidental), tendríamos que esperar hasta el siglo XVII.

Mi hipótesis es que la filosofía genuinamente americana surge en México, en la segunda mitad del siglo XVII, con la obra de alguien a quien le estuvo vedado el acceso a los estudios formales de filosofía y que, por lo mismo, jamás hubiera podido ocupar una cátedra universitaria.

Sor Juana Inés de la Cruz, nacida en San Miguel Nepantla en 1648, fue, además de una enorme poetisa, la primera filósofa que se asume como un sujeto autónomo de reflexión sobre su condición como humana, como americana y, además, como mujer. Al adoptar esa posición, Sor Juana rompe con las barreras intelectuales que el colonialismo europeo había impuesto en América. Si pudo hacerlo fue, precisamente, porque ella pensó desde afuera de las estructuras impuestas por la metrópoli para el desarrollo de los estudios filosóficos en el continente.

Como lo señaló Ezequiel A. Chávez en 1931, el pensamiento de Sor Juana resultó subversivo no sólo por ser una mujer, sino por ser americana. Su insolencia consistió en atreverse a pensar como si fuera un hombre europeo, es más, como si fuera más sabia, más inteligente y más aguda que un hombre europeo. Fue por ello que su Carta Atenagórica resultó tan ofensiva a los poderosos.

El Primero sueño no es un comentario más a Aristóteles o a Santo Tomás —como los que normalmente se hacían en los colegios y las universidades coloniales— sino un ejercicio de filosofía sumamente original. El Primero sueño es tan admirablemente singular que tomó varios siglos para que se le considerara como una obra filosófica. Por ejemplo, todavía en su Historia de la filosofía en México, de 1943, Samuel Ramos no incluyó a Sor Juana en su recuento. Hoy en día, gracias a especialistas como Virginia Aspe, podemos valorar la riqueza del razonamiento filosófico de una obra tan ambiciosa como Primero sueño. Sin embargo, creo que todavía no se le otorga a Sor Juana el lugar que merece en la historia de la filosofía.

Los conceptos teóricos de subordinación e interseccionalidad nos pueden ayudar a entender la originalidad de Sor Juana Inés. Hoy podríamos decir que ella filosofó desde la perspectiva de dos grupos subordinados: los americanos (indios, mestizos y criollos) y las mujeres. En obras fundamentales como la loa a El divino Narciso o en su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, Sor Juana defiende el derecho de los americanos y, en particular, de las americanas, de pensar por su cuenta y, por lo mismo, de hacer una filosofía propia. Esta defensa contiene, además, algunos rasgos de interseccionalidad que son particularmente relevantes para nuestros días. Es decir, Sor Juana es consciente de que no sólo escribe desde el grupo subordinado de las mujeres, sino de los americanos. La opresión sufrida por ambos grupos se integra dentro de su persona y su pensamiento de una manera creativa y desafiante. Podría objetarse que la voz de Sor Juana no es, todavía, la de las castas, los negros o los indios. Es cierto, pero eso no le quita su papel pionero en la creación de una filosofía de la liberación americana.