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Guillermo Hurtado

Zócalo Tenochtitlan

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
Guillermo Hurtado
Por:
  • Guillermo Hurtado

Hace unos días se informó que hay un proyecto para cambiar el nombre de la estación Zócalo del Metro a “Zócalo Tenochtitlan”. En medio de tantas noticias urgentes y graves, ocuparse de este tema puede parecer baladí, pero los nombres nunca son asunto menor; sobre todo, los de los sitios históricos, como aquellos que el historiador francés Pierre Nora ha llamado los “lugares de memoria”.

La estación Zócalo pudo haberse llamado, desde su inauguración, de otras maneras. Una opción era “Palacio Nacional” y otra era “Catedral”. Cualquiera de los dos hubiera funcionado como indicador preciso. No hay otro Palacio Nacional en la Ciudad de México y tampoco hay otra Catedral. Ignoro las razones por las cuales no se eligió alguno de estos nombres, pero sospecho que “Catedral” ofendía los oídos laicos de los funcionarios y “Palacio Nacional” pudo parecer demasiado oficial y poco popular. Conviene que las estaciones de Metro se llamen de una manera que sirva a los usuarios —habitantes y visitantes de la ciudad— para ubicarse. Por eso mismo, el nombre “Zócalo” era más adecuado que el de “Plaza de la Constitución”, como se le llama de manera formal a la enorme plancha de cemento. El término “Zócalo”, en cambio, es coloquial, el que todo mundo conoce. Así se le ha llamado a la plaza desde la primera mitad del siglo XIX y, por ello, acertaron las autoridades del Metro en llamar de esa manera a la estratégica estación.

Después de la construcción de la Línea 2 del Metro se hizo un descubrimiento arqueológico a un lado de la estación Zócalo: las ruinas del Templo Mayor. Quien hubiera querido destacar la significación de semejante hallazgo, pudo haber pedido que la estación Zócalo cambiara de nombre a Templo Mayor. A nadie se le ocurrió —que yo sepa— esa idea, porque una regla no escrita de las redes del Metro en todo el mundo es que no cambien de nombre sus estaciones. Las razones son obvias: la gente se acostumbra y, además, hay que volver a imprimir todos los mapas, señalamientos y guías de la ciudad, lo cual cuesta dinero.

No obstante, el Gobierno de la ciudad quiere añadir “Tenochtitlan” al nombre de la estación Zócalo. Incluso se dice que se hará algo semejante con otras estaciones. Si el propósito es guardar la memoria del primer nombre de la ciudad, no encuentro ninguna justificación para que esa estación lleve como sobrenombre Tenochtitlan. La urbe de Tenochtitlan cubría una zona que no se restringía al Zócalo. ¿Por qué no rebautizar a otras estaciones aledañas de la misma manera?

Las revoluciones suelen cambiar de nombre las calles, las plazas e incluso las ciudades para marcar el comienzo de una nueva era. La autodenominada “Cuarta Transformación” debería ocuparse de transformar a México para bien antes de estar cambiando por capricho los nombres que nos son propios.