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Horacio Vives Segl

Un mundo mejor: 60 años sin Rafael Leónidas Trujillo

ENTRE COLEGAS

Horacio Vives Segl
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  • Horacio Vives Segl

El próximo domingo se cumplirán 60 años del asesinato del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. Sirva la proximidad de ese aniversario para destacar algunos de los infortunios de República Dominicana y de la importancia de la consolidación de la democracia, no sólo en la nación caribeña, sino en toda América Latina y el mundo.

Como en muchos otros países de Latinoamérica, 1930 fue un año bisagra en la historia política de distintas naciones. República Dominicana no fue la excepción. Ese año arrancó la dictadura más cruenta en la historia dominicana. Trujillo ejerció un poder dictatorial a lo largo de 31 años, aunque por ese raro pudor que algunos dictadores a veces contraen, por determinados periodos permitió que otros se sentaran como presidentes títeres en la silla presidencial, entre ellos, su hermano Héctor Bienvenido.

La crueldad de Trujillo llegó a confines inauditos. Imposible en un espacio tan breve hacer un recuento de sus atrocidades. Uno de los episodios más dramáticos fue el exterminio étnico ordenado por él para asesinar a miles de haitianos en la conocida Masacre del Perejil, en 1937. No tuvo reparo alguno para controlar con su estilo sanguinario toda la vida pública dominicana y sus tentáculos tóxicos se extendieron más allá de la isla caribeña. Ahí están el intento de asesinado del prestigiado presidente demócrata venezolano Rómulo Betancourt, o su participación en la conspiración que asesinó al dictador guatemalteco Carlos Castillo Armas a través de su siniestro encargado de servicios secretos, Johnny Abbes García. Nadie como el Nobel Mario Vargas Llosa en La fiesta del chivo para novelar los horrores de la Era Trujillo.

La violencia generalizada que Trujillo ejerció contra sus críticos tuvo —en el caso del atroz asesinato de las hermanas Mirabal— una de sus expresiones más salvajes. Esos descarnados feminicidios de las activistas políticas en 1960, llevaron a las Naciones Unidas a que se seleccionara el 25 de noviembre como la fecha emblema para erradicar la violencia de género, y así establecer el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Hay una postal muy gráfica de aquellos años de auspicio de Estados Unidos a las dictaduras latinoamericanas. En 1956, en ocasión de la Cumbre de las Américas de Panamá, el presidente Dwight Eisenhower departió con un elenco de lo más siniestro de dictadores, que en ese entonces controlaban los destinos de países de la región: Anastasio Somoza, Fulgencio Batista, Carlos Castillo Armas, Marcos Pérez Jiménez y Gustavo Rojas Pinilla. Héctor Bienvenido fue el Trujillo que representó a República Dominicana en ese elenco, afortunadamente irrepetible, de sátrapas de ligas mayores. Posteriormente, Somoza, Castillo Armas y Rafael Leónidas Trujillo corrieron con la misma suerte: los tres fueron asesinados.

Es posible que en caso de existir entonces mecanismos democráticos oportunos, que pudieran haber puesto fin dentro de la legalidad a Trujillo, no hubiera tenido ese infausto fin y, más importante aún, se hubiera podido reducir su gigantesco legado destructivo.

Ésa es una de las más importantes lecciones históricas: cuidado con los gobiernos autoritarios que van destruyendo las instituciones que les estorban, en la búsqueda de la narrativa única y de la concentración personalista del poder.