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Javier Solórzano Zinser

El cubrebocas

QUEBRADERO

Javier Solórzano Zinser
Javier Solórzano Zinser
Por:

El uso del cubrebocas ha sido reconocido y recomendado desde el inicio de la pandemia, es un instrumento para defendernos, al tiempo, que permite posibilidades para interactuar.

No encontramos razones de peso para oponerse a su uso. Ante lo inédito ha ido apareciendo paulatinamente información que va consolidándose, el uso del cubrebocas es una de ellas. Tiene un consenso entre la comunidad científica, debido a que se ha descubierto que con él se evita contagiar de Covid-19.

Nadie es más ni menos por usarlo, lo que nos da el cubrebocas son certezas personales y una responsabilidad colectiva.

Se han enfrentado a lo largo de estos meses muchos problemas que siguen sin resolverse. En nuestro caso se ha dado información contradictoria que ha provocado confusión y también que muchos gobiernos estatales hayan optado por moverse bajo sus propios parámetros, con base en la información de sus especialistas y científicos locales.

Sigue retumbando la expresión del gobernador de Tabasco, por cierto de Morena, sobre el afamado vocero: “ya no puedo con Gatell”. No es el único caso, lo que pasa es que algunos lo hacen en voz alta, otros por debajo de la mesa y otros más prefieren ni abrir la boca.

A la desinformación sumemos la incredulidad de muchas personas derivada del desconocimiento, la interpretación del discurso del Gobierno y, de plano, el no querer creer. Afortunadamente esta tendencia va disminuyendo, porque va quedando en claro que el coronavirus no es una invención, existe, mata y está afectando la vida de millones de personas.

Los fallecimientos han cambiado muchas de las ideas que tenían algunas personas sobre el virus. Recientes encuestas han mostrado que la gran mayoría de los mexicanos conocen al menos a una persona o un cercano que haya sido infectado.

El cubrebocas ha sido desde el principio una importante alternativa. Lo convirtieron en tema  fundamentalmente los políticos por su negativa a usarlo como si fueran inmunes y no fueran sujetos de contagio como cualquier persona, los casos de Bolsonaro y Trump rayan en lo lamentable.

Está comprobado que su uso efectivamente le permite a los ciudadanos una defensa efectiva y activa ante la eventualidad del contagio en al menos 85% de los casos.

No queda claro cuál es la razón por la cual el Presidente y su afamado vocero se niegan a usarlo de manera regular, cuando lo hacen se debe a que los protocolos lo imponen o porque no les queda de otra, el caso de la visita a Washington y el subirse a un avión los obligó a ponérselo.

El tema no es menor por ningún motivo. Son personajes que tienen una gran exposición y además se les ve como referentes, con admiración y son ocasión, en particular el Presidente, de un seguimiento apasionado y puntual de innumerables personas.

Lo que haga o no haga López Obrador es fundamental y puede ser motivo de actitudes imitativas de millones de personas. Si el Presidente usara el cubrebocas podría ayudar a que muchas personas también lo hagan.

Hemos visto estos días, con el cambio de color del semáforo, cómo muchas personas en la calle no están usando cubrebocas sin considerar que sigue sin ceder la pandemia; a pesar de lo que diga la autoridad, los números siguen siendo lapidarios.

Más allá de los desencuentros que ha tenido el mandatario con el aguantador secretario de Hacienda, el de ayer muestra la negativa del Presidente a usar el cubrebocas e incluso indirectamente señalar e ironizar hacia quienes lo usan en su propio equipo; con contadas excepciones no hay quien se atreva a ponérselo en su entorno.

La “analogía” de Arturo Herrera fue una salida en un momento comprometedor, pero la “analogía”, diga lo que diga el inquilino de Palacio, es relevante vigente y pertinente.

RESQUICIOS.

Que conste.

Pasan los días y el caso Lozoya es un enigma. Las especulaciones llenan los vacíos informativos provocando desconfianza, desconcierto, confusión en medio del síndrome “no la vayan a regar”.