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Javier Solórzano Zinser

Populares, legítimos, pero no eternos

QUEBRADERO

Javier Solórzano Zinser
Javier Solórzano Zinser
Por:

En la medida en que pasa el tiempo muchos gobernantes van perdiendo contacto con la realidad en razón de que en su entorno sólo escuchan lo que quieren. 

Les hacen ver que todo va bien y nadie se atreve a contradecirlos o hacerles ver sus errores.

Las sociedades hemos visto cómo este proceso se repite una y otra vez. Se presumiría que habríamos aprendido a entender el valor del intercambio de opiniones y el debate de alto nivel en función de la gobernabilidad.

Los gobernantes le rehúyen a menudo a la crítica, porque les hacen ver precisamente los errores que eventualmente cometen. No les gusta que se les enfrente y en muchos casos las voces de la crítica entran en terrenos de “ni los veo ni los oigo” o se les responde como si fuera una pelea de callejón.

En la actual administración mucho de esto se ha venido dando. Se ve al Presidente como infalible o como un personaje que, derivado de su gran popularidad, pareciera que nunca se equivoca o que es poseedor de la verdad.

Una cosa es que tenga un mandato popular que le concede el gran valor de la legitimidad, y otra muy distinta es que tenga razón en todo lo que dice y hace. La relación que guardamos con los gobernantes y la forma en que éstos nos tratan establece un círculo confuso, porque quienes ejercen el poder asumen que tienen autoridad para disponer de sus atribuciones a su plena conveniencia, pasando por alto que la gobernabilidad en las sociedades democráticas requiere de un sistemático proceso de intercambio de opiniones. El Presidente sólo en una ocasión se ha reunido con dirigentes partidistas de oposición.

De manera paralela, los ciudadanos andamos en un devaneo entre la actividad política y la lacerante pasividad. Es entendible que bajo las condiciones en las que estamos sea difícil pensar en la política, se vive al día y con la pandemia casi que de manera inevitable hemos dejado que la autoridad haga y deshaga.

A los gobernantes tarde que temprano les pasarán la cuenta y veremos que muchas de las cosas que nos dijeron no tienen que ver con lo que la sociedad padece.

Hemos pasado por “lo peor ya está pasando”, por “el semáforo es intrascendente”, “60 mil muertos sería una catástrofe”, “la pandemia nos vino como anillo al dedo”, “el cubrebocas sirve sólo para dar seguridad”, “al Presidente lo protege su fuerza moral” y “no nos ha ido tan mal con la pandemia, nos pudo ir peor”.

De memoria recordamos estas afirmaciones ante las que no ha existido una respuesta seria, porque estamos ante una gran concentración del poder, con menosprecio a la crítica, y una plena desmovilización social en medio del pasmo de la oposición.

Como sea, las consecuencias vendrán porque los gobernantes no son eternos. López Obrador en menos de 4 años empezará a enfrentar un nuevo rol. Si quiere que se le recuerde como un gran presidente tendrá que entender que su tiempo es perentorio y que la gobernabilidad tiene que ser parte de un debate serio y no a modo.

Si sigue bajo los términos en que sus funcionarios deben tener “confianza ciega” a la 4T, o sea a él, lo único que va a seguir provocando es que nadie se atreva a contradecirlo ni a ofrecerle alternativas respecto a cómo está haciendo las cosas.

Seguramente el Gobierno va a conservar la mayoría, quizá no con la misma fuerza que en el 18. Pero a estas alturas, el verdadero debate está en si el Gobierno está haciendo bien su trabajo o nos está echando para atrás en tiempo y espacio. El Gobierno ha tenido la gran virtud y sensibilidad de voltear e intentar favorecer a los más desprotegidos.

En el aquí y ahora no hay manera de hacer balances en esta materia, pero la impresión es que estamos retrocediendo mucho más de lo que avanzamos.

RESQUICIOS

A Emilio Lozoya seguimos sin verlo y sin saber cuál es su estatus legal, han apostado a “su verdad” que permita  “la justicia”. Están echando por delante el tema, en medio del momento de mayor crisis por la pandemia.