Miércoles 30.09.2020 - 20:18

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Julia Santibáñez

Destripar una palabra me felicita

LA UTORA

Julia Santibáñez
Julia Santibáñez
Por:

Soy ñoña. No. Ñoñísima. Desmenuzar el lenguaje para saber qué tiene por dentro puede jolgoriarme de forma exagerada. Me emociona descubrirle historia a las palabras, los ecos que campanean sus adentros. Por ejemplo, detrás de una voz tan sin gracia como jaqueca asoman los casi ocho siglos de presencia árabe en España, desde el año 711 hasta 1492; shaqiqa significa “dividir, partir en dos”. La prolongada convivencia con los moros dejó su huella en éste y casi cuatro mil vocablos que los conquistadores trajeron a América, como almohada, del árabe mujadda o “lugar para la mejilla”. Antes de llegar ellos, en la península no había necesidad de nombrar una porque no las conocían. Qué cosa.

En estos días ando encantada con un verbo de sentido distante del mundo actual, aunque chulo en su mismidad: jubilarse. Resulta que apareció en el español en 1495, según el Diccionario etimológico de la lengua castellana, de Joan Corominas. Viene del latín jubilare, que se traduce “lanzar gritos de júbilo” porque la persona ya no ha de trabajar.

Además de las palabras cuyos genes revelan cosa varia, me fascinan las de nueva factura, aunque descifrables. Un poeta cejiserio de mis querencias, César Vallejo, da forma a varios neologismos en Trilce: “Ese hombre mostachoso”, “Esto me lacera de tempranía”, “la ternurosa avestruz”, “azular y planchar”. Cualquier hablante de español los comprende aunque no los haya leído antes, porque derivan de sustantivos o adjetivos reconocibles. Cuando el escritor altera la forma de un término existente no sólo busca una sonoridad, un retumbo particular; también obliga a frenarse a quien lee, debe poner la atención que no otorgaría si se topara con bigotón, por ser temprano, tierna o pintar de azul. Ocurre más todavía en estos versos, también de Vallejo: “El sexo sangre de la amada que se queja / dulzorada”. No sorprende que el sustantivo sangre se use como adjetivo que acompaña a sexo femenino, y además de la rima interna amada-dulzorada, la nueva expresión subraya la tensión del pasaje: el orgasmo implica a un tiempo queja y cualidad azucarada.

El lenguaje es propiedad de quien lo usa y yo lo quiero todo mío, así que a cada rato juego con él. Es divertido, sugiero intentarlo. Acuñé en un poema verticalizar y horizontalear en el sexo, mientras en otro digo que mi corazón se chaparrita. En la lengua oral uso culposear para referirme a ese deporte de alto riesgo y doñeo para señalar el carácter de señoras que se las dan de respetables.

Decía que soy ñoñísima. Destripar una palabra me felicita, me hace feliz, porque logra que me desfamiliarice de lo que me es cotidiano, para dotarlo de nuevos significados. Es como pulir de nuevo el mundo. Por cierto, ñoño viene del latín nonnus, “abuelo” y de origen significó “chocho, caduco”. Creo que también califico para esa acepción.