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Julia Santibáñez

Escribir es una venganza

LA UTORA

Julia Santibáñez
Julia Santibáñez
Por:

Tiene dieciséis años y empieza un diario “en alguna de las habitaciones de la casa ya vacía”. Está a punto de mudarse con su familia a una ciudad a cuatrocientos kilómetros de Buenos Aires. Para él significa perder de golpe amigos, primos, mundo. Escribe el diario “como defensa y como ataque”, pero en esos garabatos está la huella primera del narrador argentino Ricardo Piglia.

Mientras camino la tarde oigo en descargacultura.unam ese podcast donde Leila Guerriero lee el perfil que trazó del novelista. Me inquieta que se refiera a la escritura como un ataque. ¿Por qué? Necesito explorar algo ahí. Entonces recuerdo: hace poco publicamos en El Cultural, suplemento del que soy editora, algo similar de Louise Glück, poeta estadounidense y ganadora del Nobel de Literatura 2020. Busco el texto en mi archivo. Ahí está: de niña, Glück era en extremo sensible a las ofensas y para apechugar con ellas se imaginaba como autora triunfal. “Los poemas que iba a escribir tendrían una grandeza capaz de imponer, en multitudes, un asombro unánime”; sus adversarios se castigarían por no haberla valorado.

En cuestión de minutos tengo a la mano dos textos sobre la necesidad de cobrar revancha por un despojo emocional. En ambos casos, la hoja en blanco es trinchera ante lo que lastima. Lastra. Lacera. Casi me enternece cuando un artista se abre de capa y muestra la cuchillada tras el impulso creador. Porque si bien no siempre se reconoce, en la mayoría de casos el disparador de la obra es la sajadura en el costillar, más el abandono en despoblado que obliga a ficcionar caminos de vuelta a casa.

Ante la persistencia del desgarro, ella o él deciden escribir la carne rota, cuestionarla, como si con palabras se atemperara la catástrofe que no deja de retumbar. Suena incluso pueril encadenar palabras para vengarse por el rechazo a ese despojo enfermo que fuimos. Que somos. Y lo mismo con pinceles en el caso, por ejemplo, de Van Gogh: pintaba para huir de lo bronco de sus mareas interiores.

Sí, todos cargamos lastimaduras, aunque algunos creen que para crear literatura basta narrar la herida con honestidad. Eso será un exabrupto digno de terapia, no más. Tomar en serio las palabras implica pasar la vida trabajando ese dolor abierto, dando forma al caos, creándole una horma estética con y a pesar de su crudeza. Su desmesura.

Es la razón por la que un libro no es mero entretenimiento; “al tocarlo, tocas a un ser humano”, dijo Walt Whitman. Primero que nada se trata de un desquite contra la soledad medular, la rasgadura abismal que todos compartimos. Significa darse en lucha cuerpo a cuerpo con el destino e imponerle (intentar imponerle) coordenadas nuevas. Por eso leemos, para no estar solos. Para saber que otros pasaron por aquí y nos acompañan. Por eso también escribimos.