Julia Santibáñez

Mi yo veinteañero me envidiaría hoy

LA UTORA

*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Julia Santibáñez

La edad tiene pésima reputación. Mala prensa. A diario es vapuleada en mesas de café y redes sociales: nadie quiere sumar años tras los veinte, pero al mismo tiempo encuentro lo amable de dejar tan atrás esa década.

Me abrazo más. Ya estoy clara de que rompimientos de pareja y fracasos profesionales no me van a matar; he sobrevivido una buena dosis, chance por eso me vuelvo a rendir a la obsolescencia programada del amor. Tengo menos urgencia por demostrar nada y a cambio dedico esa energía a esfuerzos disfrutables. A pesar de mi infancia marimacha, hoy me quiero mujer y gracias al yoga logré el justo medio en mi cuerpo: me gusta verme al espejo. Nadie me aporta económicamente ni me regala, nadie me cobra tampoco: me mantengo a mí misma y también a mi hija desde su nacimiento. Hoy no resto sino añado placeres al sexo, porque sigo aprendiendo a electrizarme en todo el cuerpo. Sé que pocos territorios me dan más gustos que la escritura, terminar una página hecha “de fragmentos que se imantan”, como apunta Olvido García Valdés. Me niego a ser pesimista y asumo la ingenuidad de esperar siempre lo bueno. Costó trabajo, pero renuncié a que el dinero me gobernara: por quince años recibí un sueldo a cambio de pasar la vida en la oficina; desde hace seis, mi ingreso apila menos ceros pero tengo alegrías diarias por dedicarme a la cultura y las letras. Reconozco ser muy privilegiada. En eso y en todo.

Walt Whitman subraya en su poesía la belleza de lo cotidiano, celebra la luz, la seducción del aire libre y la ciudad. Además reconoce su naturaleza dual: “¿Me contradigo? / De acuerdo, ¡me contradigo! / Soy enorme, contengo multitudes”. Lo pude haber escrito yo, si no fuera suyo desde hace siglo y medio: tras vencer la enfermedad de los veintitantos me descubrí necia a morir, aunque juro no serlo. En vez de acumular certezas colecciono preguntas y heridas. Necesito a mi gente, si bien “cuido mi soledad como un regalo”, en palabras de Carilda Oliver. El resentimiento me rasgó las venas por años, pero poco a poco le empiezo a ganar la partida. Un cacho no menor de mí está enterrado con cada uno de mis muertos; lo digo con dolor y con serenidad. Matizo mucho, hoy sé que nada es blanco o negro, todo oscila en una escala de grises. He ganado audacia: lloro más y mejor que nunca. Tengo el placer fiero de ver cómo crece mi hija. No peleo todas las batallas, ahora me apronto a ver cuáles merecen sudores. Soy más miope, sí, pero veo lo suficiente. Me río de mí misma cuanto puedo. Y no es poco.

Recuerdo aquello de Whitman: “Verdaderamente, alma mía, hemos estado. Eso basta”. El yo veinteañero de esta Utora, bastantón en cosas buenas, no hubiera podido decir todo esto.