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Julio Trujillo

El acto de atender

ENTREPARÉNTESIS

Julio Trujillo
Julio Trujillo
Por:

Tiene Eliseo Diego una definición de poesía que me gusta mucho: “Es el acto de atender en toda su pureza”, dice, con característica generosidad, no acotando su definición a la literatura sino abriéndola a una experiencia general, humana y más que humana. En medio del torrente de información en el que vivimos, el acto de atender cobra especial relevancia. He releído la poesía de Eliseo Diego (un poeta de verdad enorme) ahora que se acaba de celebrar el centenario de su nacimiento el 2 de julio. Al volver, me pasó lo mismo que cuando lo descubrí: me detuve en un poema que considero perfecto. Buenos poemas hay cientos; perfectos, pocos. Se titula, sencillamente, “Todas las tardes”. Son cinco estrofas. Abre así:

Todas las tardes –las benditas,

las ilusorias tardes—

mi padre compra Avance. Testamentos

de cenizas, minucias de la caducidad.

La escena está puesta y tiene el tono de la declinación vespertina, no sólo por las razones obvias sino por la definición de las noticias como testamentos de cenizas: todo pasa, los días pasan, los acontecimientos pasan, los padres pasan. Sigue:

En el crepúsculo

crujen las grandes hojas tontas

que sólo mi padre maneja

con esa desolada sagacidad.

Es hermoso: con la caída del sol se oye el sonido de las hojas del periódico, un sonido ya en vías de extinción. Yo también recuerdo a mi padre manejando con pericia las grandes hojas tontas de Excélsior. La frase “con esa desolada sagacidad” es pura música, y remite al sonido de las hojas que se manipulan.

La sombra

se está estirando como un gato

a sus pies. Luego salta

y con su mustio lomo roza

la mala suerte del país.

Aquí hay maña, artesanía, inteligencia. El crecimiento de la sombra es felino, y luego parece metamorfosearse directamente en un gato que salta sobre el regazo del padre, rozando el periódico (y todo periódico es “la mala suerte del país”).

A oscuras

se va quedando todo, y hasta callan

allá en el fondo los cubiertos

voraces de conversación.

El silencio previo a la noche es, durante un momento, total. Enmudecen las hojas del diario, enmudece el mundo, y la familia misma, que está merendando en el fondo, enmudece.

Y sólo

arde el espacio cándido, la página

en que mi padre, a solas, viene a ser

el sacro corazón de lo fugaz.

Es un poema, me parece, sobre el paso del tiempo, es decir sobre la vida y la muerte, ni más ni menos. Ese drama cósmico lo encarna el padre leyendo el periódico, y él mismo será, más pronto que tarde, una noticia, una página más. Ese momento, detenido en el tiempo, “arde”, y cómo no, si el testimonio de la fugacidad, antes de ser cenizas, tiene que haber ardido. Tiene un aire de sacralidad no sólo por el último verso sino porque la obra de Eliseo Diego lleva el sello de una devoción religiosa, de una fe en las palabras y en Dios. Es filosófico, pero con esa trabajada sencillez, esa inteligente cordialidad que era tan suya. Y cumple con la definición del propio poeta: es pura atención, atención pura, una escena como cualquier otra, en una tarde en una casa de La Habana, salvada del tiempo y del olvido por el poder de la poesía.