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Julio Trujillo

Rückenfigur

ENTREPARÉNTESIS

Julio Trujillo
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En una carta a un amigo, Byron (tal vez inconscientemente, aunque fue consciente de casi todo) definió así el movimiento romántico: “El gran objeto de la vida es la sensación, sentir que existimos aunque sea en el dolor. Es este vacío insaciable el que nos empuja al juego, a la guerra, a los viajes, a todo tipo de actividades desordenadas, pero intensamente sentidas, cuyo atractivo principal es la agitación inseparable de su realización”.

Poco tiempo después de la redacción de esas líneas, el pintor alemán Caspar David Friedrich captaría para siempre el vacío insaciable del Romanticismo en su célebre cuadro Caminante sobre un mar de niebla, en el que un personaje, que nos da la espalda, parece perderse en la contemplación de lo

inefable. Como en casi toda su obra, ese paisaje es también metafísico. El propio Friedrich escribió: “El artista no sólo debería pintar lo que ve ante él, sino lo que hay dentro de él. Si, no obstante, no ve nada dentro de él, entonces tampoco debería pintar lo que ve ante él”. Ese bello e inquietante cuadro es, pues, también una mirada interior. ¿Por qué nos fascina particularmente? Porque el personaje nos da la espalda.

Esa técnica tiene un nombre, rückenfigur, que podemos traducir literalmente como “figura de espaldas”, y es un motivo que encontramos en todas las épocas del arte pero que cristaliza con el cuadro de Friedrich. La rückenfigur nos permite no sólo ver lo que el personaje ve, sino verlo viéndolo. Observar a alguien que observa, por detrás, nos permite compartir su objetivo e incorporar al observador, redimensionando la escena en un principio de puesta en abismo, pues la dinámica nos invita a sospechar, de inmediato, que probablemente alguien también nos está observando observar al observador… No podemos ver su rostro, como no podemos ver el nuestro, pero no importa: toda la elocuencia es del paisaje, que gesticula para nosotros. ¿O sí importa? Tal vez la negación de la cara, del frente, nos produzca una ansiedad de orden muy romántico. El gran Magritte profundizó, literalmente, en el asunto: en su cuadro La reproducción prohibida un sujeto de espaldas ve al espejo, pero el reflejo ofrece la rückenfigur, la propia espalda del sujeto viendo, negando así la reproducción de su imagen de frente. Me interesa mucho el hurto del rostro porque me desafía y me enseña a ver de otra manera, sugerida, interiorizada, acaso más racional que sentimental, aunque los sentimientos se filtren por todos lados. Recordemos El mundo de Cristina, de Andrew Wyeth, o la escena final de El club de la pelea, en la que el protagonista y Marla observan, tomados de la mano y de espaldas, la demolición de las grandes empresas. El artista es un observador, y el uso de la rückenfigur nos hace un poco artistas, además de que resuelve el sentimentalismo de estos dos versos de Pedro Salinas: “Yo no miro a donde miras, / yo te estoy viendo mirar”. No, no nos interpongamos entre lo mirado y quien mira, mejor veamos juntos hacia allá.

Saturados de selfies y retratos, vale la pena girar noventa grados al modelo y verlo mirar, con todo y la inquietud que eso pueda producirnos.

Pintura "Caminante sobre un mar de nubes", de Caspar David FriedrichFoto: Especial