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Julio Trujillo

Volver al Señor Cabeza

ENTREPARÉNTESIS

Julio Trujillo
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A la hora de escribir, es muy fácil seguir una idea, o perseguir al instinto, sin prestar demasiada atención a la materia misma con la que estamos trabajando. Al fin y al cabo siempre nos damos a entender, y nadie va a venir a decirnos que eso que redactamos tiene una semejanza lejana con el idioma español. Si la prosa de nuestros días fuera la huella digital de nuestro paso por una era, ésta estaría totalmente deslavada, al grado de ya casi no estar atada a una identidad. Y la poesía, que tiene licencia para matar, se mata a sí misma: dice un montón de cosas, es muy irónica y muy ocurrente, pero desdeña de tal manera a sus propias raíces y estructura que basta un manotazo para deshacerla. Parecería que la consigna de la poesía, hoy, es ser crítica de todo menos de su propia edificación.

Nos confiamos, y ya todo parece un mensaje de WhatsApp. Un buen remedio para esta falsa soltura, para mí, es acudir a los cuadernos de Paul Valéry, ese escritor endiabladamente obsesionado con su materia de trabajo: el lenguaje y su mecánica. No olvidemos que Valéry se inventó un doble, Monsieur Teste, el Señor Cabeza, quien dijo de sí mismo: “Padecía yo el agudo mal de la precisión”. Y Monsieur Teste (“la estupidez no es mi fuerte”) es la puesta en escena de los Cahiers. Sus notas sobre poesía son fascinantes porque revelan no sólo al arquitecto que erige artefactos verbales, sino al pensador detrás del arquitecto. Tal vez su tesis central sea ésta: “Todo dispositivo poético se basa en un hecho matemático encubierto”. Se refería a un ritmo, no a un metro riguroso ni a la posibilidad de escribir con ábaco, pero la consecución de ese ritmo sí que tenía que ser rigurosa, y más rigurosa aún la tarea de encubrirla. Que al poema, pues, no se le noten las costuras (su alta costura). Para Valéry, la imagen del poeta recibiendo de criaturas imaginarias lo mejor de su obra le parecía insoportable, “una concepción de bárbaros”, y concebía al poema como “una fiesta del intelecto”, que se celebra al cumplirse y después de la cual no debe quedar nada. El poeta está en absoluto control del cómo, pero no del qué: el sentido de lo que dice lo rebasa siempre, y, si acaso, tiene el poder de sugerir. El ritmo no es menos digno que el sentido, y éste, si se puede expresar con claridad y llaneza, mejor que se exprese en prosa. “La poesía soporta la mediocridad mucho menos que la prosa”, anotó, y tenía la certeza de que la poesía desaparecía si se podía formular la pregunta ¿De qué se trata?

No es que estuviera en contra de la inspiración, de hecho, decía que la inspiración solía regalarle el primer verso, y que ya el segundo era su responsabilidad, y muy grande responsabilidad, pues no debía ser indigno de su hermano, el primer verso “sobrenatural”. Fue un estudiante empecinado con eso que, tal vez demasiado gélidamente, llamó “dispositivo poético”. Si esa definición no nos entusiasma, podemos acudir a otra de él mismo, en la que precisó, entre signos de admiración, que la poesía es ¡música ondulatoria! Pero nunca quitó el ojo de la estructura, de la configuración, del sistema, y nosotros tampoco deberíamos hacerlo. ¿Cómo podríamos, si nos dedicamos a escribir?