Sábado 5.12.2020 - 02:26

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Mónica Garza

Mujer contra mujer

GENTE COMO UNO

Mónica Garza
Mónica Garza
Por:

Ya que el próximo miércoles se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en un contexto particular, —y particularmente violento para nosotras—no estaría de más estirar la reflexión también hacia donde la violencia de género alcanza a colocar a otras mujeres en el lugar del victimario, a veces desde el más lejano origen.

Y es que ni todas las mujeres viven con una mente feminista, ni solamente los hombres son machistas. Ésa es una verdad que incomoda y duele.

Que sirva entonces la efeméride también para reflexionar en cuán enemigas podemos ser las mujeres de otras mujeres y las graves consecuencias que eso puede traer dentro de una lucha absolutamente legítima.

Wollying, es el término surgido de la combinación de las palabras en inglés, bullying y women, y se refiere a un tipo de violencia, principalmente laboral, que ocurre entre mujeres específicamente.

En México por ejemplo, 2 de cada 10 mujeres sufren acoso laboral provocado por otras mujeres, con acciones que van desde la agresión verbal o psicológica, y usualmente termina con la renuncia de la víctima.

Otro término que se ha acuñado para describir la violencia entre mujeres es femichismo, que se refiere a una mujer que ejerce autoritarismo y violencia para cumplir el papel de “verdugo” en contra de otra mujer que no encaja en un entorno definido, y en el que la victimaria busca ganarse la aprobación social de un hombre, en un puesto de poder, para entrar en un círculo estratégico con capacidad de decisión. ¿Les suena?

La “misógina diabólica”, definida por Berit Brogaard, neurocientífica de la Universidad de Miami (que describe otros tres tipos de misoginia entre las mujeres: puritana, autocrítica y que se autodesprecia), para referirse a las mujeres que están en permanente competencia con otras mujeres y prefieren verlas como rivales a eliminar, en lugar de elegir ayudarlas a progresar.

Un rasgo que también es conocido como antisororidad pues se perciben a sí mismas como superiores a otras mujeres.

La misoginia es un concepto que sirve para referirse al odio, más o menos disimulado, hacia las mujeres y las niñas, pero no necesariamente nos excluye a las mujeres.

Fotografía que muestra a un grupo de chicas ejerciendo wollying hacia una joven.Foto: Freepik

En el núcleo de las familias mexicanas, por ejemplo, se sigue permeando el machismo desde la división que hacen las propias mujeres, del trabajo asignado en el hogar y luego en otros muchos aspectos.

¿Cuántas historias conocemos en las que una madre, esposa, hermana u otro familiar, ha intentado esconder o justificar un acoso, abuso o cualquier otro tipo de violencia de uno de los hombres de su familia o entorno?

¿No conocemos algún caso en el que una mujer ha fungido como cómplice o celadora del patriarcado, infligiendo el poder y la injusticia, condenando a otras mujeres al dolor, la violencia o a la precariedad?

¿Cuántas veces en la cotidianidad son las mujeres que etiquetan a sus compañeras de “gordas” “zorras” o “dejadas”?

¿Cuántas madres han inculcado a sus hijas los “usos y costumbres” de sometimiento y silencio?… Eso es una violencia invisible.

¿Cuántas veces hemos sido poco sensibles para cuidar y comprender a la otra y en lugar de eso pretendemos imponer nuestros consejos o recriminaciones?…

Hoy hablamos mucho del derecho de las mujeres a la planificación familiar y decidir sobre su cuerpo con mayor libertad; de la escalada en el mercado laboral y la equidad en sectores de poder y decisión, pero lo cierto es que ninguno de estos temas nos exime del machismo.

Muchas veces son las madres las que construyen un trono de inmunidad para sus hijos varones a quienes aman, a veces por encima de sus hijas, sin medir las consecuencias que esto traerá para ellas en el futuro.

Y aquí no se trata de señalar con el dedo a un tipo de mujer, que no es más que consecuencia inconsciente de una cultura de privilegios masculinos. Se trata de reconocer a la victimaria que puede habitar dentro de cada una de nosotras para enfrentarla y desactivarla.

¿Queremos hablar de feminismo? ¿de derechos para las mujeres y defendernos de las muchas formas de violencia de género sistemática?

Entonces dejemos de hacerle el trabajo sucio al machismo, empezando por reconocerlo incluso en nosotras, intentemos sacarlo de nuestras vidas cotidianas, de nuestras costumbres, de nuestra mente y nuestros actos. Empecemos por reconocerlo para combatirlo. Seamos honestas.