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Rafael Rojas

Diplomacia para autócratas

APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

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Joe Biden y Vladimir Putin, en Moscú, Rusia, en una imagen de 2011.Foto: AP
Por:
  • Rafael Rojas

Al paso que vamos, en el siglo XXI habrá que recordar cómo se sentaron las bases realistas de la diplomacia moderna. No puede ser que los líderes de las grandes naciones anden acusándose, mutuamente, de genocidas, asesinos y delincuentes. Las reglas de la democracia moderna fueron creadas, justamente, para evitar que cada mandatario dijera lo que pensaba exactamente del otro.

Empecemos por Metternich y Napoleón, que fue el origen de lo que se entiende por diplomacia. El austriaco, un príncipe con linaje, estaba convencido de que el francés era un megalómano y avaricioso que no pararía hasta poner a Europa bajo sus pies. Sin embargo, Metternich trató siempre a Bonaparte con cuidado: fue embajador en París, se hizo amigo de Talleyrand, casó al emperador con María Luisa de Austria, maniobró para que la alianza entre Francia y Rusia se viniera abajo y, al final, lo derrotó y se convirtió en el arquitecto de la Europa post-napoleónica.

De manera muy parecida actuó su heredero en más de un sentido, Otto von Bismarck, frente a Napoleón III. Sin las virtudes de su tío, este Bonaparte lanzó su propia empresa expansionista con el imperio de Maximiliano en México, el apoyo a Gabriel García Moreno en Ecuador, a los confederados en la Guerra Civil americana y a la unificación de Italia. Bismarck lo enfrentó son paciencia y sutileza, hasta que lo venció en 1871.

Seguidores y, a la vez, detractores de aquel realismo fueron los diplomáticos británicos y estadounidenses en la primera mitad del siglo XIX. Un realismo tan ambivalente que, como en tiempos de Bismarck, siempre contó con la guerra como recurso disponible, como pudo verificarse en 1914 y 1940, con apenas veinticinco años de distancia. Dos generaciones seguidas de europeos y norteamericanos estuvieron involucradas en guerras mundiales por la incapacidad de los estados para administrar diplomáticamente los conflictos.

La Guerra Fría fue, en cambio, la gran lección de realismo que lega el siglo XX al XXI. En cuatro décadas seguidas no hubo otra confrontación mundial, aunque, como ha recordado Odd Arne Westad, las guerras se reprodujeron por vía de revoluciones, descolonizaciones e intervenciones militares en buena parte del Tercer Mundo. Mientras las grandes potencias negociaban “coexistencias pacíficas” y “tratados de desarme”, África, Asia y América Latina eran sometidas a grandes operaciones de exterminio.

Es lógico que políticos formados en esa larga experiencia, como Joe Biden y Vladimir Putin, tiendan a reproducir aquellos patrones de rivalidad. Lo que no es tan lógico es que se acusen públicamente de asesinos —Putin también lo hizo cuando respondió, en plan de reto de campamento del Komsomol, “el que lo dice lo es”— o que la rivalidad vaya más allá de la lid de legitimidades que tolera el orden mundial.

La clave de la détente de la Guerra Fría fue, justamente, caminar en la cuerda de los sobreentendidos. Cuando Nixon y Mao o Brezhnev y Ford conversaban y reían, animadamente, para sus adentros pensaban en lo malvado que era el otro. El diálogo se sustentaba en la certidumbre de que ambos eran ogros falsamente amigables.

Lo que está sucediendo en la Postguerra Fría es que aquella camaradería de la maldad se ve negada por una contraposición entre democracia y autocracia más sutil que en tiempos del mundo bipolar. Después de la caída del Muro de Berlín las nuevas dictaduras no niegan la validez universal de la democracia sino que la asumen y revisten el autoritarismo con ropajes del Estado de derecho, el sufragio electoral y la división de poderes.

La vuelta a la sutileza, en el lenguaje diplomático contemporáneo, es urgente. El sobreentendido es una fórmula que demostró ser eficaz durante décadas. Putin y Rusia juegan esa carta a conciencia y Estados Unidos y Joe Biden deberían hacer lo mismo. No son estos tiempos para atizar diferendos peligrosos o tentar el viejo demonio de las guerras.