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Rafael Rojas

Martí, México y la flexibilidad

APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

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José Martí en una foto de archivo.Foto: Especial
Por:
  • Rafael Rojas

Se ha cumplido un aniversario más del nacimiento de José Martí, el poeta y político cubano que, más de siglo y medio después de su nacimiento, genera los mayores reclamos de legitimidad. A Martí lo invocan el gobierno, la oposición y el exilio; los burócratas, los intelectuales y los jóvenes artistas. No sólo lo invocan sino que se lo disputan: para unos Martí es el referente central del socialismo cubano; para otros, el guía moral de la democratización del país.

Esa centralidad de Martí en la vida pública cubana ha sido una constante desde su muerte en combate en 1895. La razón de esa larga resonancia tiene que ver con aquella muerte, con todos los rasgos de la inmolación y el sacrificio, pero también con una obra literaria y política compleja, cambiante, que sólo puede ser orientada en un sentido ideológico único por medio del sesgo o a costa de su mayor riqueza.

La versatilidad del pensamiento de José Martí podría mostrarse a través de su relación con México. Como estudiaran autores tan diversos como Andrés Iduarte, Camilo Carrancá y Trujillo, Alfonso Herrera Franyutti y Luis Ángel Argüelles, la formación intelectual y política de Martí estuvo fuertemente marcada por la República Restaurada. El joven poeta cubano, de apenas 22 años, llegó a Veracruz el 8 de febrero de 1875 y rápidamente tomó el tren a la Ciudad de México.

Gracias a su gran amigo Manuel Mercado, conoció muy pronto a figuras claves de la vida intelectual y política del México juarista y lerdista como José Vicente Villada y Juan de Dios Peza y al exiliado cubano Alfredo Torroella. En la Revista Universal y El Federalista Martí comienza a escribir artículos donde se alinea claramente con el juarismo. Esa posición lo inclina a oponerse al levantamiento de Porfirio Díaz en Tuxtepec en febrero en 1876.

Durante todo el año de 1876, Martí escribe varios artículos contra Díaz. En uno, de abril, dice irónicamente: “faltaba este título de gloria al funesto revolucionario Díaz”. En otro de diciembre, ya con Porfirio Díaz en la capital, volvió a escribir contra la revuelta de Tuxtepec, a la que se negaba llamar “revolución”. El México de la República Restaurada era, según Martí, un “pueblo libre, laborioso y pacífico”, cansado del “militarismo” y la guerra civil.

La “revolución” que necesitaba México no era la asonada de Tuxtepec, sino aquella que no “haga Presidente a su caudillo, la revolución contra todas las revoluciones, el levantamiento de todos los hombres pacíficos”, que convierta el “amor a la ley” en una “religión”. Después de aquel artículo, sus amigos mexicanos recomendaron a Martí abandonar México, ya que el nuevo régimen de Díaz podía tratarlo como enemigo.

Casi veinte años después de su partida, Martí regresó al México porfirista. Pero ahora su visión de Díaz era claramente positiva: a su juicio el oaxaqueño había pacificado el país, había restaurado su crédito internacional y había defendido su soberanía frente a Estados Unidos. Era el verano de 1894, y el poeta cubano, que organizaba la última guerra de independencia contra España, se reencuentra con sus amigos Juan de Dios Peza, Justo Sierra y Manuel Mercado, entonces Subsecretario de Gobernación, quienes le presentaron a Manuel Gutiérrez Nájera.

A través de éstos, logra hacer contacto con Díaz, quien lo recibe en Chapultepec a principios de agosto. En cartas a Máximo Gómez, principal jefe militar de la insurrección cubana, Martí dijo que en México había logrado el apoyo que se había propuesto, no sólo de las colonias de exiliados cubanos sino del propio presidente Díaz, quien hizo una donación modesta a la causa de la isla.

El Martí que resulta de su vínculo con México es un líder político e intelectual que, en veinte años, cambia su percepción sobre el régimen porfirista. Empieza condenándolo como una dictadura y termina asumiéndolo como un aliado. Eso se llama realismo o pragmatismo, pero también flexibilidad.