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Valeria López Vela

Desobediencia civil: volver o no a clases

ACORDES INTERNACIONALES

Valeria López Vela
Valeria López Vela 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Valeria López Vela

Una vez más, la pandemia arrecia en el mundo entero; con ello, vuelven los días de incertidumbre, miedo y confrontación. Emociones individuales que utilizadas políticamente favorecen la consolidación de regímenes totalitarios.

Es cierto que las medidas de restricción sanitaria —desde el tapabocas hasta el confinamiento— nos han hundido en una silenciosa desesperación colectiva que despierta los caprichos, valida la sinrazón, potencia las conjeturas; todo ello, sin embargo, lejos de contribuir a la contención del virus hace que se alarguen más los días del desasosiego.

Al inicio de la pandemia, las escuelas en México cerraron de inmediato, y aunque la medida parezca hoy inadecuada, en ese momento era la única decisión responsable. Si dicha medida hubiera estado acompañada de un programa de educación a distancia efectivo —que considerara actividades académicas, pero, sobre todo, de formación de la personalidad—, de la descarga obligatoria de funciones laborales para las personas que realizan trabajos de cuidados, de apoyos y subsidios para las familias y los negocios, hoy nos encontraríamos en una situación menos apremiante.

Las familias mexicanas enfrentan hoy un falso dilema: volver o no a clases presenciales. Y sostengo que es falso porque frente al repunte de casos debería ser evidente que el cuidado de la salud es el objetivo prioritario.

Sin embargo, en muchos hogares se ha vuelto insostenible —anímica, económica, educativa y logísticamente hablando— tener a los niños en casa. Estoy segura de que el cansancio pandémico ha golpeado duramente a los padres; por ello, la solución no pasa por exponer a sus hijos a la posibilidad del contagio, sino por seguir cuidando de ellos en casa; eso sí, con otras condiciones.

Por ello, considero que se podría aprovechar el tiempo en casa para formar el carácter, crear hábitos, enseñar habilidades de cuidado. Para ello, sería ideal que los padres contaran con alguna guía diseñada por profesionales que los orienten y apoyen. Como ya había señalado Rousseau: “Un buen padre vale por cien maestros”.

Además, habría que rehabilitar espacios públicos al aire libre para que los niños puedan ejercitarse, entrar en contacto con la naturaleza, jugar… Pues, refiero nuevamente a

Rousseau, “Hay un libro abierto siempre para todos los ojos: la naturaleza”.

Pero todo esto supone un fuerte apoyo a las personas —madres o padres— que cuidan de los niños; así, haría falta el impulso presidencial para hacer obligatoria la reducción de funciones laborales para quienes estén al cuidado de un niño, sin que haya perjuicio salarial alguno, el diseño de guías y programas de formación en casa, subsidios en los servicios básicos hasta que termine la pandemia, por mencionar algunas.

En específico, propongo cambiar el enfoque y en lugar de arriesgar a los niños o dinamitar a sus padres, apostar por reforzar a los padres para proteger a los niños. Y eso ha de hacerse mediante una intervención del Gobierno.

En medio de la crisis pandémica podemos enseñar a nuestros niños actitudes, valores, habilidades. Pero, más importante aún, la centralidad del autocuidado y la construcción de la democracia exigiendo medidas creativas, justas y mesuradas.

La pandemia nos ha hecho intentar nuevos caminos científicos y laborales; es momento de abrir otros modelos de gestión gubernamental educativa que sean adecuados para los tiempos de crisis.