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Valeria Villa

La cura para el psicoanálisis (II)

LA VIDA DE LAS EMOCIONES

Valeria Villa
Valeria Villa 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Valeria Villa

“Casi podría decirse que asumir la necesidad de la cura también es una enfermedad”. Con esta cita de Donald Winnicott, Phillips continúa disertando sobre la idea de la cura para el psicoanálisis. Los psicoanalistas son cautelosos sobre el concepto de cura. Es entendible y ético ser cuidadosos en no prometerle al paciente que en terapia va a encontrar lo que necesita, porque tal vez no ocurra.

Los pacientes llegan al consultorio buscando algo que no han encontrado en otra parte. “Nadie ha podido conmigo, he pasado por todo tipo de terapias, no he conectado con ningún analista, he recaído muchas veces, no tengo remedio, nadie ha acertado al diagnosticarme”. Éstas son algunas de las frases de los pacientes que se sienten mentalmente enfermos y sin cura. Todos llegan porque necesitan alivio a su sufrimiento o aumentar su capacidad para ser libres. Que los terapeutas hablemos de la eficacia de nuestro trabajo puede ser sólo una manifestación narcisista. Atreverse a emprender un viaje de incertidumbre junto al paciente, es mucho más honesto y realista. Personalmente, detesto las historias ejemplares o las historias de éxito, tan populares en el mundo de los emprendedores o en el mundo médico. Éxito no es algo que tenga que ver con el proceso terapéutico desde la perspectiva que Phillips sostiene y que yo comparto. Los fines del psicoanálisis son muchos: para Klein, alcanzar la posición depresiva: romper la omnipotencia, aceptar las propias fallas, aprender a pedir perdón y querer reparar. Para Winnicott es facilitar el desarrollo del paciente, ayudarlo a crecer. Para Lacan, ayudar a que el paciente no traicione su deseo. Qué es la terapia depende a quién le preguntamos.

Phillips también reflexiona sobre cómo los terapeutas podemos convertirnos en vendedores de un nuevo producto para alcanzar una buena vida. Ofrecer otro ideal del yo, que ni siquiera el propio terapeuta es capaz de alcanzar. Si ofrecemos algo nuevo que ambicionar “para ser mejores”, nos convertimos en parte del problema, porque una buena vida es la que ha sido construida como dice la canción: “My way” (“A mi manera”). Los terapeutas aprendemos de los pacientes. La mutualidad es el rasgo de la relación que nos protege de la omnipotencia del que cree saberlo todo. En la teoría freudiana hay una idea sobre una cura progresiva. Evangelizar con ella ignora la subjetividad de las palabras progreso y cura; sin embargo, es importante agregar que querer ayudar a los pacientes no es una traición al psicoanálisis. La gran aportación de Freud, apunta Masud Khan (analista de Phillips) fue visibilizar el sufrimiento de los pacientes psiquiátricos en vez de tratarlos como sujetos extraños e inadaptados que necesitaban medicamentos apaciguantes. Fortalecer el yo es un objetivo del psicoanálisis. También poder imaginar una vida de menos obediencia y menos organizada alrededor de la censura social y el autocastigo. En palabras de Marion Milner, “el tratamiento psicoanalítico es un antídoto para el adoctrinamiento”. El problema del paciente quizá es creer que necesita ser curado. En Cure (1986), Winnicott juega con la palabra cura y la cambia por cuidado. “I care” en español significa “me importa”. Agrega que si la palabra cura hablara, podría contar una historia. La cura tiene que ver con interés, con una relación de cuidado mutuo. Qué es lo que una persona puede hacer por otra, en un contexto de confianza e interdependencia. “Un signo de salud de la mente es la capacidad de un individuo de entrar con imaginación precisa a los pensamientos, sentimientos, esperanzas y temores de otra persona y permitir que esa persona haga lo mismo por nosotros”.