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Valeria Villa

El derrumbe

LA VIDA DE LAS EMOCIONES

Valeria Villa
Valeria Villa
Por:

Nunca antes había visto tantos artículos de opinión, podcasts, programas en vivo en todas las redes sociales, ciclos de conferencias, abordando el tema de la salud de la mente. Debe ser porque lo que ocurre, es un rugido tan terrible como el de la muerte. Todos conocemos a alguien que ha tenido un quiebre en estos meses de encierro y duelos. Quiebre como sinónimo de enfermedad mental, que se manifiesta como una crisis emocional mucho más intensa que cualquier otra del pasado.

Claro que había duelos no resueltos, angustias y depresiones antes de la pandemia. En algunas historias de vida, parece que las cosas nunca han salido bien pero de algún modo milagroso, esa persona que sufre desde siempre, había conseguido funcionar razonablemente, trabajando, comiendo, descansando, sonriendo a veces y con suerte, amando. Aunque el balance en la vida es más mito que realidad, tal vez al conversar con otros que están pasando por lo mismo, alguien se da cuenta de lo mal que se siente y de lo mucho que ha perdido las ganas de lo que sea. La depresión suele identificarse con tristeza pero está mucho más cerca de la indiferencia radical frente a las cosas buenas de la vida y también tiene algo de delirante. Todos los duelos del deprimido, son fantasmas que se apoderan de su vida y dialoga más con lo perdido que con lo que ocurre en el presente.

El quiebre emocional es la constante de la pandemia. Sentir que no hay hacia donde avanzar, que no hay capacidad mental ni concentración para elaborar un plan B si todo sale mal. Es la innegable tendencia en los pacientes del consultorio, entre colegas, en la familia y poco consuela pensar que está pasando en todo el mundo. La carga de cada uno es intransferible e incomparable. La pandemia ha gatillado crisis profundas de primera aparición o con larga historia. Depresiones que datan de la adolescencia, largamente ignoradas, se manifiestan con furia en las vidas de los adultos que se han quedado sin trabajo, que odian el que tienen, que han perdido a la madre o al padre, que no saben por qué viven solos o en pareja. Tal vez debajo de la aparente estabilidad, se había gestado una ansiedad crónica, desesperación, rabia, desprecio por sí mismo. Quizá en el contexto de la vida como la conocíamos parecía normal, pero la pandemia se volvió la lupa amplificadora de enfermedad mental. El catalizador de sufrimientos silenciosos que ahora se gritan. La pandemia devino en colapso, infelicidad, pérdidas, sinsentido, rupturas, despidos y toda clase de desastres inéditos. Invitar a la aceptación y a encontrar las enseñanzas, cuando apenas estamos sacando la nariz del agua para no ahogarnos, puede no ser buena idea. El problema del sufrimiento humano es grave y es otra pandemia que no vimos venir.

Quienes trabajamos en salud mental, intentamos ayudar a los otros a resistir y a recuperar su pulsión de vida. Es necesario aceptar que sentirse mal no es motivo de vergüenza, que no hay que quedarse solo sino pedir ayuda, que la recuperación empieza cuando aceptamos que no sabemos por dónde seguir. El quiebre, la crisis, la enfermedad de la mente, son una señal para hacernos caso, para investigar lo que nos pasa. Aceptarse enfermo es un acto de valentía, escuchar lo que nos dice el dolor, es una parte del proceso de recuperación que no admite atajos.