Valeria Villa

¿Qué es ser padre?

LA VIDA DE LAS EMOCIONES

Valeria Villa*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Valeria Villa
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Valeria Villa

La figura del padre, desde el psicoanálisis, presenta una bifurcación entre Freud y Lacan: el primero afirmó que el padre era un sujeto, masculino, que tenía poca relevancia en la vida del hijo durante los primeros tres o cuatro años de vida, para después cobrar importancia durante la fase de resolución del Edipo, en la que el niño rompe la simbiosis con su madre, primer objeto de amor, para amar también al padre y lograr más adelante, una elección de objeto amoroso fuera de la familia. El padre, nos dice Freud, es el encargado de transmitir la ley y vigilar que se cumpla, y también de cuidar la herencia cultural de la niña. Este padre freudiano es patriarcal y heterosexual.

El segundo, Lacan, introdujo el concepto de función paterna, volviendo secundario quién la ejerce: hombre, mujer, hetero, gay, no binario, etc.

La comprensión lacaniana de la paternidad es más cercana a las modificaciones del modelo de familia actual, atravesada por la diversidad, por los avances de la ciencia, por la fecundaciones in vitro, los bancos de esperma y los vientres subrogados.

El psicoanálisis ha teorizado ampliamente sobre la relación de la madre con el hijo, definiéndola como la responsable primaria de la salud o la enfermedad física y mental. En la literatura psicoanálitica, la madre es quien se encarga de contener la angustia del bebé y el lugar del padre es paradójico: excluido durante los primeros años y central para la construcción del sujeto ético y autónomo en los años posteriores. Habría que pensar en el padre no sólo como figura de autoridad y responsable de hacer un corte entre la madre y el hijo. Muchas generaciones de padres fueron figuras ausentes, periféricas e incluso abandonadoras, según las narraciones de los pacientes. Padres que fueron como extraños, a quienes los hijos nunca llegaron a conocer. Padres severos, de pocas palabras, que trabajaban todo el día y con quienes se tenía poca convivencia. Hoy es cada vez más común que los padres se involucren en los cuidados de los hijos desde los primeros días de vida. Las madres actuales esperan una mayor y más justa repartición de las labores de cuidado.

Otra deuda de la teoría psicoanalítica es la poca exploración sobre el deseo de ser padre. Pensar sobre las razones que llevan a alguien a querer ser padre es un área de estudio pendiente. El lugar que ocupa el hijo en la configuración psíquica del padre, se ha asociado al narcisismo, como la posibilidad de trascender a través del hijo y también como la oportunidad de renacer y de ver materializados en el hijo deseos frustrados. Se habla también de la fantasía masculina, también de núcleo narcisista, del hijo como un doble. Como un otro yo.

A veces se desea tener un hijo para reparar la relación con el padre. “Convertirse en padre parece abrir para los varones la posibilidad de reparar algo del vínculo con su propio padre y de la imagen paterna, así como algo de su propio narcisismo, relacionado con las heridas de infancia” (Rosa María Ramírez, El deseo de paternidad en los varones, 2020).

Así como se insiste en la importancia de una madre suficientemente buena, que provea a la hija de un equilibrio entre gratificación y frustración de las necesidades, para lograr una buena relación con la realidad, también habría que hablar de la importancia del padre suficientemente bueno, que no sea solamente un proveedor sino una figura emocionalmente disponible, que pueda construir con el hijo una relación basada en el cuidado, la ternura y el afecto.