Viernes 14.08.2020 - 05:29

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Valeria Villa

Psicología de las decisiones

LA VIDA DE LAS EMOCIONES

Valeria Villa
Valeria Villa
Por:

Nos hacemos preguntas sobre el comportamiento de la gente frente al coronavirus. La imprudencia es motivo de enojo y de indignación para quienes pueden seguir quedándose en casa, sin importar las invitaciones de las autoridades a reactivar la economía, por ejemplo comiendo en restaurantes, con tanta falta de claridad sobre qué significa cuidarse, que muchos están tomando malas decisiones, pensando sólo en el corto plazo. Están hartos del encierro, no pueden más, si se contagian ni modo, quizá no sea tan grave.

En un estupendo artículo en The Atlantic, Tess Wilkinson Ryan, una especialista en psicología de las decisiones, afirma que enojarse con los otros ciudadanos por hacer lo que el gobierno les está permitiendo, no suma y erosiona la compasión. La rabia, la indignación, la protesta, deben dirigirse a las autoridades, que le dicen a la gente que salga pero con cuidado, cualquier cosa que eso quiera decir, en un país en el que ni el Presidente ni sus colaboradores usan un tapaboca ni guardan la distancia. Wilkinson Ryan dice que durante una crisis sanitaria, las medidas confusas y la conducta contradictoria de la autoridad impactan la capacidad de evaluar el riesgo. En situaciones riesgosas, la gente procesa y decide de manera defectuosa. Esperar más de la gente que de la autoridad y lanzarse a linchar a los ciudadanos que deciden ir a un restaurante porque ya está abierto es perder de vista que es responsabilidad de los líderes de esa comunidad. La toma de decisiones durante la pandemia implica al menos dos tareas cognitivas complejas: razonamiento moral y evaluación del riesgo.

Quienes estudian los procesos cognitivos involucrados en la toma de decisiones han observado que hay un entumecimiento psicofísico, una insensibilidad frente a la muerte de los demás, especialmente cuando los números son muy altos. La gente reacciona más ante la idea de la muerte de una sola persona, que ante las 11 mujeres que mueren diariamente en México o frente a los miles de desaparecidos o los 40 mil muertos por Covid-19 al día de hoy. Las personas también encuentran difícil entender el concepto de lo exponencial, que sirve para calcular la velocidad del contagio. También suelen elegir las opciones que más les convienen pensando que son objetivamente buenas decisiones (sesgo de confirmación). No es útil intentar hacer avergonzados a quienes no respetan las mínimas medidas de seguridad como la distancia, el uso del cubrebocas o evitar hacer reuniones de mucha gente. Los ciudadanos, que reciben mensajes confusos de salud pública, no deberían ser el foco de nuestra preocupación moral y práctica. Poner todo el peso de la responsabilidad en los individuos es injusto. Durante la pandemia es muy fácil enfocarse en la gente que toma malas decisiones en lugar de en la gente que sólo cuenta con malas opciones. La rabia debería dirigirse a las malas opciones que ofrece la autoridad, que tendría que proponer normas y reglas claras y explícitas para favorecer la cooperación. No es que la gente se quiera morir o que sean caóticos para tomar decisiones. El grado de claridad de pensamiento depende de qué tan difícil es un problema. Me estoy cuidando significa un millón de cosas si la autoridad no hace que el uso del cubrebocas sea obligatorio. La falla que hay que exhibir y repudiar es la gubernamental, incapaz de utilizar el presupuesto en la realización de pruebas realmente masivas y en garantizar apoyo económico para los trabajadores esenciales y la población de alto riesgo para que puedan quedarse en casa.