Consulta de la ignominia

Coronavirus entre nosotros
Por:

Como todo el mundo se enteró, el fin de semana pasado se celebró un ejercicio de opinión pública acerca del futuro de los aeropuertos de la zona metropolitana de la Ciudad de México.

Lo positivo. El beneficio de la duda a la intención de diversificar mecanismos de participación política.

Lo negativo. Prácticamente todo lo demás. Hay algo que se debe dimensionar en los antecedentes. A Andrés Manuel López Obrador le tocará encabezar el gobierno a partir de diciembre de 2018. No en 2006, 2012 o 2024 (a menos que proponga reformas constitucionales en beneficio propio). Esto significa que le toca asumir la responsabilidad de un proyecto que ni buscó ni quiso y cuyos réditos políticos, en su caso, serán asociados a otros, específicamente a Enrique Peña, que hizo del aeropuerto de Texcoco el proyecto insignia de su gobierno. O sea, será recordado como el aeropuerto de Peña; con todo lo que ello implica y de ahí, la necesidad de desvirtuar ese legado.

El punto es que, independientemente del nivel de avance de la obra de Texcoco (20% para unos, 30% para otros) y de la danza de los millones por los costos de su cancelación (alrededor de 100 mil millones), se trata de enfrentar compromisos del Estado mexicano que van más allá de la duración de un gobierno. López Obrador utilizó exitosamente el tema del nuevo aeropuerto en la agenda de campaña. Ahora, en vez de encontrarle una solución responsable –ahí está el inmenso boquete físico, financiero y político–, la deslindó y diluyó hacia “el pueblo bueno y sabio que no se equivoca”.

En cuanto a la celebración de la mal llamada consulta nacional, el proceso no deja de extrañar. Si se considera que muchos de sus organizadores, promotores y defensores se han quejado históricamente de procesos electorales cuyos resultados no les favorecen y que desacreditan su organización al más tenue pretexto, llama poderosamente la atención la falta de cuidado que pusieron en los procedimientos y la logística de la consulta. Más allá de las descalificaciones a las críticas, quedaron plenamente exhibidas deficiencias como no conceder de forma universal el derecho a opinar en la consulta, la parcialidad entre árbitro y convocante, el uso de datos personales de los electores, la posibilidad de que una persona pudiera votar en múltiples ocasiones, los errores en la app, el escrutinio y cómputo de papeletas, el resguardo de los paquetes y un larguísimo etcétera. Adicionalmente, está el bajísimo número de votantes, si se compara con los 30 millones de votos que hace apenas unas semanas recibió AMLO en la elección presidencial.

En balance. La Real Academia Española define ignominia como afrenta pública. Eso fue justamente lo que generó la consulta: una confrontación que abona a polarizar aún más a la sociedad en un tema que debió resolver el próximo gobierno, que debe ser responsable de asumir decisiones de Estado, por más impopulares que sean, ya que para eso fue electo. Ojalá que en la narrativa exitista de los organizadores, no les genere la convicción de que son buenos organizando consultas… o elecciones.