Desear, anhelar, necesitar

Riesgos y oportunidades de la soledad
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El deseo es un movimiento en dirección a un objeto cuya atracción espiritual o sexual la experimenta el cuerpo o el alma.

Los amores más plenos son en los que pueden sentirse ambas dimensiones del deseo. Sentir sólo deseo sexual sin atracción por el sentido del humor, la inteligencia y la forma de ser en general, suele no alcanzar para vínculos de largo plazo pero tampoco al revés, porque la atracción espiritual hacia el alma de alguien está más cerca de la amistad que del amor erótico, que anhela también el cuerpo.

Freud nos enseñó que el deseo siempre tiene elementos inconscientes, formados por huellas  preverbales y presimbólicas, recuerdos y fantasmas. Es así que construimos a un objeto del deseo a partir de recuerdos de lo ya vivido.

El deseo es posible gracias al principio del placer, que es una tendencia natural a evitar el sufrimiento. Éste se ve trastocado en personas deprimidas que no se alejan de situaciones dolorosas. También en quienes viven con algún dolor crónico por enfermedad física.

Freud entendió al deseo como una necesidad individual y no como relación con otro. Más adelante, M. Klein habló del deseo como envidia de lo que tiene el otro. La envidia distingue a las personas que desean lo que otros tienen, que siempre pierden al compararse con los demás y que nunca se sienten satisfechos. Winnicott fue un pionero en hablar de la relevancia de las relaciones con los otros para el desarrollo y acuñó el concepto de objeto transicional, que simboliza la relación con la madre y que permite al niño sentirse acompañado desde adentro.

Ian McEwan, en un lúcido ensayo sobre el deseo (http://bit.ly/32fk9GJ) describe al cerebro como el palacio del placer y habla de su sistema de recompensa. El deseo nos motiva y la materialización del deseo produce placer y gratificación. El deseo es psíquico, a diferencia de las necesidades biológicas como el hambre o la sed, aunque pueda sentirse igual de apremiante, pero no es indispensable para mantenerse con vida. McEwan enfatiza la tendencia humana a imaginar tragedias asociadas a la frustración del deseo: amores no correspondidos, celos, infidelidad, aunque no aborda las tragedias inevitables como la disminución de las hormonas asociadas al deseo, la enfermedad, la vejez, la habituación y el subsecuente desgaste que aparece de modo inevitable en

las relaciones largas.

El deseo sin satisfacción es mero masoquismo e idealización. Si somos prácticos y nos alejamos de las versiones dramáticas del amor erótico, estaremos de acuerdo con McEwan en que el deseo imposible de satisfacer es “cautiverio mental, atraparse en la esperanza, afanarse en pos de aquello que no existe o nunca podrá existir”.

El lugar que tiene el deseo en la vida define en buena medida la personalidad: aprovechar el hoy y vivir a altas intensidades mientras se pueda. O privilegiar el proyecto de vida compartido, las coincidencias intelectuales, la compañía apacible. Algunos renunciarán al deseo sexual como decisión libre o como consecuencia de una cadena de decepciones. El deseo requiere de autorregulación: qué sí y qué no estamos dispuestos a hacer para satisfacerlo es territorio de la ética personal.