Oscar: conclusiones

 CINE BUTACA

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La entrega del Oscar del pasado domingo marcó un hito histórico. Por primera vez en 92 años el premio a Mejor Película fue para una producción no hablada en inglés: la coreana Parásitos, impactante, sorprendente, profundo retrato de la condición humana.

En mis pronósticos fallé dos: la película y el director. Pero no fui el único. La gran mayoría de los expertos de diversos medios en EU también daban como favoritos a 1917, que había ganado todos los premios previos que anticipan el Oscar, y al inglés Sam Mendes. Pero mencioné que la única que le podía arrebatar la estatuilla era Parásitos. Es que, a diferencia de lo que ocurría antes, la categoría de Mejor Película se ha vuelto la más difícil de vaticinar, porque es la única donde no se cuentan sólo los votos a primer lugar sino que es un complejo sistema en el que los votantes eligen, en orden preferencial, a todas las nominadas.

El año pasado creí que estaban reunidas todas las condiciones para que, por primera vez, ganara un filme extranjero, con la mexicana Roma, de Alfonso Cuarón. Entonces señalé que sólo podía ganarle Green book, como así ocurrió. Pero nuestro paisano se convirtió en el primero de la historia en llevarse el Oscar de Mejor Director por una película no hablada en inglés. Ahora, justo un año después, Parásitos marcó otro hecho insólito. Hasta hace muy poco esta situación era impensable. Los extranjeros sólo podían aspirar a la nominación de Mejor Película y de dirección, pero se daba por hecho que no ganarían. Ahí está el ejemplo claro de la italiana La vida es bella, en 1999, que había recibido los elogios unánimes de crítica y público. Se conformó con el Oscar de Película Extranjera y de actor estelar para Roberto Benigni, quien también fue nominado como director. Esta situación cambió radicalmente tras la apertura que ha tenido la Academia en los últimos tres años, al aumentar significativamente el número de sus integrantes, con profesionistas de la industria de otros países, incluyendo México.

Lo que sí me pareció injusto fue que el Oscar a Mejor Director no lo ganara Sam Mendes, quien hace 20 años se llevó el premio por su ópera prima, Belleza americana. La euforia que provocó Parásitos, y el deseo de inclusión, hizo que le ganara Bong Joon-ho. Por supuesto que no pretendo desmeritarlo;  su trabajo es brillante, sagaz, audaz. Pero mi punto es que Mendes lo merecía más, porque en 1917 ofrece una lección de cine, con larguísimos y soberbios planos secuencia, lo que exige una enorme capacidad y dominio narrativo.

Me hubiera parecido más justo que la Academia volviera a dividir los Oscar de Película y Dirección, como lo había hecho en cinco de los últimos siete años. Pero a fin de cuentas, el Oscar, al premiar una obra extranjera de altísimo nivel, se reiventó a sí mismo.

Eduardo Marín Conde
Eduardo Marín Conde

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