El entierro del ombligo

Coordinación frente a la emergencia
Por:
  • David Leon

En algunas comunidades de México, las familias suelen sepultar el cordón umbilical del recién nacido, en el sitio en el que la madre dio a luz. De ese tamaño es el valor, amor y arraigo que tenemos por la tierra que nos vio nacer.

En mi andar por algunas ciudades del país, he tenido la oportunidad de platicar con migrantes, encontrándome con historias profundamente conmovedoras. En ellas he constatado que ha sido la pobreza, la violencia y el sueño de un presente y un futuro mejor, lo que los ha obligado a dejar su tierra, sus amores y costumbres.

Los protagonistas de estas historias son principalmente hombres jóvenes. Es común también encontrar mujeres, algunas embarazadas, acompañadas de niños pequeños. Ellos buscan como tú y como yo, una realidad con bienestar y caminan tras de ella sin saber la experiencia que vivirán a lo largo de miles de kilómetros.

Imaginemos la situación que viven en su territorio para aventurarse a caminar hacia el norte sin certeza alguna, más que la promesa de un cambio, sin saber si lo será para bien o para mal. Una apuesta altísima que puede tener como costo la vida. No conocen el camino y tampoco el punto al que llegarán. Conocen solamente el testimonio de aquellos paisanos que con cierta regularidad regresan a su tierra con historias de éxito, que, al ser contrastadas con la dolorosa realidad, funcionan como un resorte que los termina de animar para comenzar a caminar. ¿Qué seguridad tienen de triunfo? Ninguna.

Soy padre de familia y reconozco en ella el punto más agudo de fragilidad, amor y emoción en mi hoja de ruta. Con eso como antecedente, me provoca una angustia enorme y profunda, la tremenda situación por la que debe atravesar un padre como yo, para echarse a la familia al hombro y migrar, teniendo como único equipaje aquello que cabe en un par de mochilas y el corazón lleno de ilusiones de conseguir algo mejor para los suyos.

Los migrantes no son una amenaza, no son delincuentes y no vienen a quitarnos lo que tenemos. Los migrantes en su inmensa mayoría son hermanos con enormes ganas de salir adelante, dispuestos a todo con tal de vivir un poquito mejor. Para muestra, los paisanos mexicanos que arriesgaron todo para construir un futuro mejor en Estados Unidos y que, además, nos envían gran parte de su esfuerzo representado en remesas que tienen a nuestra economía de pie.

La migración debería ser opcional y no un proceso obligado de expulsión. El esfuerzo que los gobiernos deben emprender debe centrarse en provocar condiciones de desarrollo local que permita a la gente construir sus historias de manera satisfactoria en su lugar de origen.

Qué doloroso debe ser abandonar la tierra donde está enterrado nuestro ombligo. Seamos sensibles y considerados con aquellos que han tenido que hacerlo. Digamos no a la violencia contra los migrantes, procuremos en cambio condiciones que permitan seguridad, respeto, bienestar y desarrollo para todos.