Falsas analogías sobre Venezuela

Ecuador: el Estado en jaque
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La crisis que vive Venezuela, como la que por décadas ha vivido Cuba, es el tipo de conflicto que gusta a las visiones maniqueas del mundo contemporáneo.

Quienes imaginan la realidad como libreto de un comic donde se enfrentan los superhéroes del bien y del mal, no ocultan su felicidad en estos días. La cuestión venezolana les permite simplificar al máximo y sostener por fin la alternativa fatal: estás con Maduro o con Trump, con la Revolución o con el Imperio, con “el golpe” o con “la dignidad”.

Fórmula afín al maniqueísmo, dice Armando Chaguaceda, es la analogía. Por ejemplo: “imaginen que Bernie Sanders se autoproclama presidente y recibe apoyo financiero de Rusia y China”. La analogía es falsa porque pretende describir como hiperbólica una situación que no lo es: China y Rusia llevan años financiando medios de comunicación, organizaciones de la sociedad civil y grupos dentro de Estados Unidos, favorables a sus intereses.

O mejor: “imaginen que en 2006, cuando Andrés Manuel López Obrador se autoproclamó presidente legítimo, Fidel Castro y Hugo Chávez lo hubieran reconocido”. También es falsa la analogía porque borra deliberadamente la parte previa del conflicto venezolano: el presidente de la Asamblea Nacional Juan Guaidó se autoproclama porque el Poder Legislativo legítimo, electo en 2015 por mayoría amplia, no reconoce la Asamblea Constituyente —electa en 2017 por medio de normas ajenas a la Constitución chavista de 1999— ni la reelección de Maduro en mayo de 2018.

Las narrativas maniqueas del conflicto venezolano comparten una distorsión de la historia de la crisis. Para unos, se trata del mismo intento perenne del imperialismo de derrocar la Revolución cubana y la Revolución bolivariana, como si no se hubieran restablecido las relaciones entre Estados Unidos y Cuba hace cinco años o como si en tiempos de Hugo Chávez se hubiese producido un colapso económico y social como el que sufre hoy ese país suramericano. Para otros, la ilegitimidad de Maduro es ideológica, no jurídica: se trata de un tirano que hay que derrocar porque es “socialista” y aliado de los cubanos.

El maniqueísmo está de plácemes en la esfera pública y en las redes sociales. Lamentablemente en esa euforia es mal vista una recapitulación completa del fenómeno, que parta de los verdaderos orígenes del diferendo, remontables a las movilizaciones contra la primera elección de Maduro en 2014, a la documentada represión de aquellas jornadas y al desconocimiento oficial de la Asamblea Nacional al año siguiente.

Reducir lo que ha sucedido al 23 de enero o a las sanciones de Washington, como hacen Rusia y China en el Consejo de Seguridad, es lo más fácil y lo más peligroso porque permite presentar a Guaidó y a quienes lo respaldan como títeres o “payasos”, término que usa el articulista de un conocido diario de izquierda. Llamar a “diálogo”, “mediación” y “paz”, después de esa caricatura de la oposición venezolana, es hipócrita.