A la sombra del coronavirus

VOCES DE LEVANTE Y OCCIDENTE

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Alrededor del mundo, los líderes toman decisiones sobre cómo enfrentar la pandemia del coronavirus con dos objetivos en mente: cuidar lo más que se pueda la salud y la economía de sus ciudadanos. El balance entre proteger a la población de un virus letal y cuidar a la economía nacional resulta en decisiones no siempre populares.

La respuesta ideal es un punto medio en el que se minimicen tanto los daños a la economía como los daños a la salud, es decir, dejar abierta la economía lo más posible sin permitir la expansión exponencial e incontrolada del virus. Llegar a este punto medio resulta particularmente difícil en una situación de caos e incertidumbre internacional, donde la comunidad científica ha sido aún incapaz de predecir el movimiento de la pandemia con la precisión necesaria.

El sábado pasado, a las ocho de la noche, salió en televisión nacional el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, a declarar una emergencia nacional y a anunciar los pasos a tomarse para contener al virus. Recuerdo que después de su discurso, su carisma y elocuencia me dejaron tranquilo; Netanyahu es, sin duda, uno de los líderes más inteligentes y capaces en el planeta. A pesar de tener tres investigaciones de corrupción encima y de haber destruido la sociedad israelí con un discurso divisorio y racista en el último año, su aparición pública nos recordó los mejores tiempos del líder.

No pasó ni siquiera un día para que nos diéramos cuenta de que, de nuevo, nos había engañado. A pesar de que el Ministerio de Salud en sus instrucciones señaló que las cortes deberían de permanecer abiertas, a las dos de la mañana, mientras la nación dormía, el ministro de Justicia de Bibi llamó a cerrar todas las cortes y aplazó el juicio de corrupción de Netanyahu, que debía de haberse celebrado esta semana, hasta finales de mayo. Esto fue sólo el principio.

Los supermercados y varios negocios siguen aún abiertos; sin embargo, de nuevo en contra de las instrucciones del Ministerio de Salud, Netanyahu, en un intento por detener al Parlamento (en donde sólo hace dos semanas perdió la mayoría), detuvo el funcionamiento de la Knesset (el Parlamento).

En un acto sin precedentes, al estilo Erdogan, con el pretexto del coronavirus, el jefe parlamentario prohibió que se reúna la Knesset para elegir a un nuevo líder y, por lo tanto, no solamente el Parlamento no puede supervisar la actividad del Ejecutivo, sino que no puede promulgar nuevas leyes.

Por si esto fuera poco, Netanyahu anunció que el servicio secreto seguirá electrónicamente a los enfermos de coronavirus, de nuevo, sin ninguna supervisión parlamentaria. A pesar de haber perdido las elecciones, en tan sólo dos días, Bibi, escudado en la epidemia, suspendió la democracia israelí en un momento donde es imposible manifestarse en las calles en su contra. No hay cortes, no hay Parlamento, no hay sociedad civil, sólo nos queda el rey.

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